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Frida Kahlo

Clasificado en Arte y fotografía, Grandes mujeres por Bender el 13 de Junio del 2007

FRIDA KAHLO (1907 - 1954)

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“En el seno de mi pintura reside el tacto del dolor”

Si existiera un epíteto de cualidad tal que pudiera abarcar la extremidad y complejidad de la vida de una mujer como Frida Kahlo, éste sería dolor. El dolor es un maestro de parca boca y sabias lecciones. Una concubina que se extasia en salar las heridas. Un ansia que tan sólo encuentra sazón en el lamento. Frida Kahlo derramó sus gritos sobre la pintura, y la historia decide ensalzar su obra como un testimonio de sufrimiento disfrazado de experiencia, un pesar sublimado en talento. ¿Es morir mejor que morir?

De un azul cobalto brillante estaban pintadas las paredes de la casa en la que Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón nació, un seis de julio de 1907. Sus padres, inmigrantes judíos, centraron su atención sobre la ingeniosa y voluble Frida, e imaginaron, quizá, una vida de fortuna y bendición. Sin embargo, la oscuridad decidió mutar los tonos de La Casa Azul, el día aquél en el que la poliomielitis eligió a la joven artista como su propio hogar. En 1913, la primera de las tragedias sacudió su decadencia sobre el cuerpo de la niña Frida, dejando una marca insalvable que permanecería eternamente como epitafio a su propia vulnerabilidad: una lesión en la pierna derecha que impediría el crecimiento de la extremidad.

A pesar de las inseguridades traídas de la mano de la enfermedad, Frida fue aceptada años más tarde en una escuela elitista y selecta situada en Ciudad de México. Abandonó el pequeño pueblo de Coyocán, y postrada en la cama dejó a la niña enfermiza y frágil. A El Prepo acudió una joven rebelde y transgresora que pronto lideraría los grupos que se movían en la periferia comunista. Sus ansias de estudiar medicina, quizá como reminiscencia de su propio dolor, palidecieron al entrar en contacto con grupos políticos que discutían la idoneidad de reformas y fluctuaciones. La revolución entró en su vida con un ímpetu terrible, y Frida Kahlo no volvió a ser la misma.

Pintando un mural en la escuela, Frida encontró a un hombre grueso, de aspecto elefantino, sosteniendo con cómica sutileza los pinceles. Sin saberlo, la joven artista había encontrado una suerte de antídoto que repelería con igual vehemencia paz y felicidad en su vida, el hombre que escribiría a fuego sus momentos de éxtasis y redención: Diego Rivera.

“En mi vida he sufrido dos grandes accidentes. El primero cuando me atropelló el autobús. El segundo es Diego”

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Sin embargo, el destino quiso separarlos, quizá porque todo prólogo se duele de timidez, y Frida sació sus pasiones con el joven Alejandro Gómez, un líder comunista que erraba por la Escuela Preparatoria sin rumbo fijo. En el calendario se estremecían las hojas de 1922.

En una lluviosa mañana de septiembre, en 1925, estando Frida sentada en la parada del autobús, junto con Alejandro, la tragedia quiso perseguir su sombra por segunda vez. Las ruedas se detuvieron delante de los pasajeros. La cuesta pareció vacía. La curva resultaba extrañamente sencilla. Con un furia inconmensurable, el tranvía se empotró contra el autobús, y la suerte estuvo echada. Convaleciente y herido, Alejandro reptó por entre los cuerpos destrozados buscando a Frida.

La encontró, con un tubo metálico ensartado en su cadera, atravesando la pelvis, y resquebrajando el hueso en tres puntos distintos. Una ambulancia se apresuró en trasladarla hasta el hospital, en el que el terrible diagnóstico fue revelado: rotura de la columna vertebral a tres niveles, fracción de dos costillas, dislocación del hombro, fragmentación de la pierna en once fisuras, y rotura de los huesos del pie. Durante meses estuvo postrada en una cama, esperando las cartas de un Alejandro que se mostraba distante y frío.

Pocos días después del accidente, los médicos trajeron una nueva noticia que, en un golpe irónico, quiso mofarse de su dolor físico instaurando un vibrante dolor espiritual: las lesiones harían imposible la concepción. Sin embargo, dicen los sabios que todo río anega y nutre a la vez, y puesto que a la altura de una ola toda embarcación fluctúa, quiso la vida restituir una suerte de metafórica facundia: por primera vez, Frida tomó los pinceles.

A pesar de la gravedad de sus heridas, Frida volvió a caminar. Sin embargo, el dolor estaría presente cada día de su vida; un dolor tan cruento que en dos ocasiones la llevó al borde del suicidio. Las drogas y el alcohol entraron a escondidas, intentando reducir la tortura de los días eternos en cama, las innumerables operaciones, y los letargos casi hipnóticos en los que tan sólo el sufrimiento la mantenía con vida.

“Bebía para intentar ahogar mi dolor, pero el maldito dolor aprendió a nadar”

Una amiga íntima introdujo a Frida en la bohemia mexicana de principios de siglo, sostenida sobre dos pilares básicos: Tina Modotti, la fotógrafa y marchante comunista, y Diego Rivera. Aquél que pintara “La Creación” en el auditorio de la Escuela Preparatoria bajo la mirada difusa de Frida, volvía a su vida dispuesto a anclarse a su lado. “Sigue así, pequeña”, dijo al ver los cuadros de la pintora, y las palabras sellaron una relación que derivó en Santo Matrimonio, el 21 de agosto de 1929. Ella tenía 22 años. Él 42.

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El amor entre ambos pintores erró desconcertado entre la lujuria y el rechazo, atrayendo hacia sí el calor de otras personas que multiplicarían el binario perfecto. El odio sustituyó la pasión, para morir después en pos de una nueva armonía. La infertilidad de la pintora, unida a los frecuentes escarceos amorosos de Diego; el escaso reconocimiento público de su talento, y la oposición que su familia mostraba abiertamente para con su relación.

Elementos todos que arraigaron la agonía bajo la piel de la artista, evolucionando hasta alcanzar el punto en el que Frida rechazó su vocación como muestra de desesperación. Sin embargo, todo marea busca un cauce, y la tristeza seguía obsesa en su querencia de lienzos. Niños sanguinolentos, cuerpos fracturados, paisajes moribundos. Frida Kahlo pintaba su dolor.

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La pareja se trasladó a Estados Unidos durante la década de los treinta. Los extremos contrapuestos entre riqueza y pobreza, democracia y represión, avivarían en la pintora una amarga sensación de aprisionamiento. Su obra comenzó a beber de símbolos místicos y religiosos, preludiando un simbolismo idiosincrásico que elevaría como sello único.

Espoleados desde América, vuelven a México en 1934, en busca de una paz elusiva que no llega. Un segundo aborto arrasa emocionalmente a Frida, y cuando el dolor parecía alcanzar el punto máximo de extremo fulgor, una nueva noticia vendría a extirpar toda partícula de sazón de su interior: la última conquista amorosa de Diego llevaba el apellido Kahlo. Pero no el nombre “Frida”. Cristina, una de las hermanas de la pintora, había caído en los brazos del seductivo Diego, que a sus 47 años seguía ampliando la lista de escarceos extra-matrimoniales.

“No puedo referirme a Diego como mi marido, porque ese término, referido a él, resulta absurdo por completo. Diego no es, no ha sido y jamás será el marido de nadie”.

Quizá en un arranque de anhelos vengativos, Frida quiso jugar la misma carta que su escurridizo cónyuge. El matrimonio Trostky, compuesto por León y su esposa Natalia, vivían temporalmente en La Casa Azul, exiliados del auge autocrático en Rusia. A espaldas del mundo, León y Frida vivieron una tórrida relación que desembocaría en tragedia. Un asesinato en extrañas circunstancias centró la atención de los investigadores en el matrimonio de artistas que habían hospedado al malogrado León. Las pruebas resultaron insulsas, y ambos fueron eventualmente puestos fuera de sospecha.

El nuevo amante de Frida caldeó sus ascuas, y las obras proliferaron con sorprendente ansiedad. “Mi nana y yo”, “El difunto Dimas”, “Mis abuelos, mis padres y yo”, y una retahíla de autorretratos ocuparon su porción de pared en La Casa Azul.

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En 1938 conoció a André Breton, gurú del Surrealismo que vagabundeaba a través de los continentes en busca del arte onírico en esencia. Y lo encontró en Kahlo. “Un listón de seda alrededor de una bomba”, dijo Breton de la pintora. De su mano, la artista mexicana expuso en diferentes puntos del globo, incluyendo la gran Nueva York. El mundo comenzaba a conocer a Frida Kahlo. Sin embargo, Frida se rebeló contra los epítetos clasificatorios, y menospreciando la labor interpretativa de Breton, dijo:

“No supe que era una surrealista hasta que Breton me lo dijo. No lo soy, no pinto mis sueños, pinto mi realidad”.

Los conflictos maritales alcanzaron el punto súbito de ebullición, y a pesar de las reticencias de Diego, Frida exigió el divorcio. 1940 resultó el primer año de soltería tras once de matrimonio, y el más oscuro y ponzoñoso en la vida de la artista mexicana. La muerte embriagó su obra de un matiz sublime y perentorio. La oscuridad pintó sus colores, la sangre, el sufrimiento, el dolor, fueron verbos para su voz.

Tras unos meses de duelo y agonía, vuelve al lado de Diego, como una polilla que revolotea en torno al fuego que la nutre y consume a la vez. Su obsesión e idolatría por el muralista trepan hasta cimas inalcanzables: un diario dedicado casi en exclusiva a relatar su amor por el artista, cuadros y autorretratos inspirados por Diego, un ensayo dedicado a su obra…el universo de la pintora se agota en los brazos de su cónyuge.

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1950 supone el preludio del éxtasis final. Ensalzada por otras artistas como matriz generadora, la pintora es enclaustrada durante nueves meses en un hospital, intentado superar la infección provocada por un injerto en la columna vertebral. Tres años después, tuvo lugar su primera exposición en México.

Convaleciente y encamada, los médicos prohibieron movimiento alguna. Sin embargo, la pintora no estaba dispuesta a festejar con su ausencia la primera exposición en su país natal. Las ambulancias sonaron a través de las calles, desconcertados los invitados. Tumbada en una camilla, Frida hizo su entrada en la Galería de Arte Contemporáneo.

Pocos meses después, la gangrena amenazó su vida. Los médicos decidieron amputar la pierna a la altura de la rodilla, para evitar una muerte segura. La depresión volvió a ahogar con sus mareas nefastas la luz de la artista, y en el verano de 1954, tras un calvario de noches sin días, lágrimas sin consuelo, y sueños sin recuerdos, Frida Kahlo moría en la misma Casa Azul que había atestiguado su nacimiento, su pasión y su decadencia. Sus últimas palabras, escritas en su diario, fueron:

“Espero que la marcha sea agradable, y espero nunca volver”.

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Torturada por toda suerte de maldiciones, Frida Kahlo resquebrajó cada tabú de su tiempo en el nombre de su propia miseria. El drama de sus días tan sólo encuentra parangón en la profundidad de sus obras: impactantes, tristes, terribles, patéticas, hermosas; cada cuadro sabe demasiado a confesión, a proclama y a lamento. Una mujer enfrentada al vacío del lienzo que todo apadrina sin repulsa.

Madonna ha ensalzado la obra de Frida como fuente de inspiración primordial. Gran parte del interés actual por la artista puede estar debido a la pasión que su obra despierta sobre la cantante.

Cuando en el 2002, Salma Hayek interpretó a Frida en la gran pantalla, tuvo estas palabras de agradecimiento para con Madonna:

“Si no fuera por Madonna, esta película jamás se hubiera hecho. A todo el mundo le interesa lo que interesa a Madonna, y por esa razón su pasión ha ayudado enormemente a la realización de este proyecto. Me siento muy agradecida para con ella, porque le prestó atención a la obra de Frida mucho antes de que fuera tan conocida. Agradezco el aprecio e interés que tiene por nuestra cultura y nuestro arte”

Madonna posee en su colección privada varias obras de Frida Kahlo, entre ellas la increíblemente polémica “Mi nacimiento”, una obra cruda e impactante en la que la pintora mexicana representa de un modo sanguinolento y abrupto el momento en el que vio la luz por primera vez. Ciertos rumores aseguran que la cantante guarda en su manga una versión personal de la vida de Frida que finalmente llevará a la pantalla.

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Los corsés metálicos se clavaron en su cuerpo como agujas ensartadas en el aire, y sin embargo no consiguieron derribar su pasión por el arte. El amor torturó su alma para hacer de toda forma de dolor, físico y espiritual, una única agonía. La bebida y las drogas nublaron la vista, pero no pudieron cegar su luz. El arte mana del sufrimiento, porque todo cambio nace de la destrucción. La paz promueve el conformismo, y el conformismo es una eterna maldición. Frida Kahlo tradujo su duelo en el lienzo, quizá para que pudiéramos comprender que el fuego más ardiente es a la vez el que más ilumina.

“No estoy enferma. Estoy simplemente destrozada. Pero seré feliz mientras pueda pintar”.

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Artículo de John Andy para la extinta Madonna Re-invention.

1 comentario

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Un comentario para “Frida Kahlo”

  1. el 13 de Junio del 2007 a las 22:39witilongi

    Anda que no sufrió esta mujer a lo largo de su vida, casi siempre postrada o con su corsé para la espalda. Yo tuve que hacer un trabajo sobre ella (a pesar de ser matemático) y me quedé flipado…

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