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La misteriosa criatura nocturna

Clasificado en Terror y miedo por Bender el 15 de Enero del 2007

Unos chicos andan por el bosque en mitad de la lúgubre noche, cuando avistan un extraño ser y salen corriendo. ¡Acojonante!


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    Clasificado en Terror y miedo por Bender el 27 de Diciembre del 2006

    La señora P. y su marido se habían acostado, pero ella, envuelta en un salto de cama, estaba recostada en la parte exterior de la cama, esperando el momento de alimentar a su hijito, que dormía en una cuna próxima. La luz estaba encendida todavía, y la puerta de la habitación cerrada.

    La señora P. continúa: “Estaba justamente tratando de incorporarme cuando, con asombro mío, vi parado a los pies de la cama a un caballero que vestía el uniforme de los oficiales navales y llevaba una gorra de marino con visera muy prominente. Por la posición de la luz, el rostro quedaba en la sombra para mí, lo cual se acentuaba a causa de que el visitante permanecía con sus brazos apoyados en la barra de la cama.

    Yo estaba demasiado asombrada para sentir miedo, pero simplemente no comprendía qué podía ser aquello: inmediatamente sacudí el hombro de mi marido (que dormía con la cara vuelta hacia mí) y le dije:

    - Willie, Willie, ¿quién es?

    Mi marido se volvió para mirar hacia donde le indicaba y permaneció durante uno o dos segundos contemplando al intruso, en un estado de absoluta perplejidad; después gritó:

    - ¿Qué diablos está usted haciendo aquí?

    Mientras tanto, la forma se había incorporado y exclamaba ahora con una recia voz de mando, aunque cargada de leve tono de reproche:

    - Willie, Willie.

    Observé a mi marido; vi que su rostro estaba pálido y era presa de gran agitación. Cuando me volví hacia él observé que saltaba del lecho, como si se dispusiera a atacar a aquel hombre; pero permaneció de pie junto al borde de la cama, como embargado por el temor o sumido en una gran perplejidad, mientras la figura se movía lenta y tranquilamente hacia la pared que estaba en ángulo recto con la lámpara, en la dirección de la línea punteada (en el relato se incluía un diagrama).

    Al pasar por delante de la lámpara, una sombra densa, como la que habría producido el cuerpo de una persona al interponerse entre la lámpara y nosotros, se extendió por la habitación, y, finalmente, la figura desapareció dentro de la pared. Mi marido, que parecía muy agitado, tomó la lámpara y volviéndose hacia mí exclamó:

    - Quiero registrar toda la casa hasta ver dónde se ha metido.

    En ese momento yo también estaba demasiado agitada, pero recordando que la puerta estaba cerrada y que el misterioso visitante no se había dirigido hacia ella, se lo hice notar:

    - No ha salido por la puerta.

    Pero mi marido no me hizo caso; sin detenerse descorrió el cerrojo, se lanzó fuera de la habitación y registró toda la casa.”

    Una vez que hubo desaparecido la imagen espectral, surgieron las preguntas a cerca de qué anunciaría dicha aparición. La señora P. se mostró muy preocupada, pues pensaba que tal vez su hermano, que servía en la Marina, habría sufrido algún accidente. Pero su esposo la calmó por completo al indicarle que el espectro que había visto no era otro que el fantasma de su padre. Su relato continúa de la siguiente manera:

    - “El padre de mi marido había muerto hacía catorce años: Había sido oficial de la Marina en su juventud.”

    El sentido de la aparición, le fue narrado, una semanas después, a la señora P. por su marido, contándole a este respecto que habiendo atravesado por una crisis financiera, se propuso aceptar los consejos de un individuo que, si los hubiese llevado a cabo, le habrían costado la ruina. Gracias a la aparición de su padre se negó a prestar oídos a tan vil sujeto.

    espectro.jpg


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    Clasificado en Expediente X, Terror y miedo por Bender el 21 de Diciembre del 2006

    Una historia sobre una entidad que no abandonó una casa y se manifestaba a través de un hedor insoportable…

    “Este fenómeno o suceso extraño, aconteció hace cinco años en la casa de una amiga y fui testigo, por lo que me consta que es un hecho real.
    Tal vez a más de alguno le haya pasado algo similar, mi amiga de nombre Estrella me contaba que en su casa se sentía un olor feo como a animal muerto pero lo curioso era que dicho olor lo seguía a uno. Por ejemplo alguien de sus hermanos o padres estaban en la cocina y sentían el olor se iban a la sala y volvían a sentir el olor. Así como yo, otras personas que visitamos a la familia sentimos ese desagradable olor que aclaro no era en toda la casa sino, cerca de uno a veces a la par, atrás o adelante.

    Un día Estrella echo desinfectante y desodorante ambiental y en lugar de quitar el olor, este empeoro y cada vez que querían eliminarlo se volvía insoportable.
    Alguien aconsejo a Estrella que escuchara música cristiana y que a lo mejor eso les iba a ayudar. Consiguieron varios discos prestados, pero al poner el primero no habían pasado ni cinco minutos cuando se oyó un ruido extraño en el equipo de sonido y la música se detuvo. Al revisar el CD Estrella se puso helada del susto al ver el disco arruinado por un gran rayón y el olor se torno inaguantable.

    La casa de Estrella tenia poco tiempo de haber sido construida, un vecino les contó a sus padres que durante la construcción de la casa, un albañil sufrió un terrible accidente muriendo pocos días después en el hospital.

    Al saber esta noticia la familia decidió acudir a una iglesia que estaba en la misma zona donde residían y le contaron al pastor lo que le sucedía. Por lo que el pastor y su esposa fueron a la casa y oraron en los lugares donde se sentía la pestilencia, desde entonces ya no han sido molestados.”

    hotel-casa-del-bustohabitacion.jpg


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  • Lascivus, la criatura de la cueva

    Clasificado en Terror y miedo por Bender el 29 de Noviembre del 2006

    lascivus1.jpg

    Llovía incesantemente en las alturas de la serranía, conocidas como La Fila de Aserri. El agua, filtrada entre la abundante bruma, calaba hasta los huesos; tal vez por eso, Saúl, el guía, obvió el sendero de regreso y nos llevó hasta “la gruta susurrante”.

    El lugar no era otra cosa que una amplia oquedad muy bien guardada por la cubierta boscosa, en una de las infinitas gargantas de la serranía. Saúl se jactaba de ser el único lugareño vivo que conocía el sitio. Recuerdo que la existencia de la cueva misteriosa andaba en boca de la gente mayor, aunque en realidad pocos podían jactarse de conocerla. En todo caso, pocos se lamentarían de no visitar un sitio como ese, en una zona plagada de misterios y hechos inexplicables. Ahora bien, Saúl nos desvelaba su más caro secreto, siempre fue su intención hacerlo, y la ocasión se había presentado.

    “Con que ésta es la famosa cueva de la que tanto hablaban los abuelos”. Bueno, la verdad es que la actitud de los otros dos amigos, fue la de guardar silencio; Pablo miraba el lugar con estudiada indiferencia; en Jorge creí notar un incipiente miedo. A la obligada pregunta de si eran ciertas las extrañas relaciones que del lugar circulaban, lo que en un principio creímos producto de la calenturienta fantasía de Saúl, se desbordó en una serie de relatos que versaban sobre desapariciones y, sobre todo, del espeluznante rugido que, según se decía, se exteriorizaba de las profundidades de aquella caverna. La veracidad aparente que Saúl daba a su relación hizo nacer la inquietud entre los otros, yo incluido.

    Tal vez, y como una reacción humana a aplacar los miedos, los tres nos dimos en contradecir los argumentos de Saúl, apelando al arma usual que se destila en tales casos: el escepticismo. Incluso, nos permitimos algunas licencias de esas que sólo se dan entre amigos, embromándolo por lo que dimos en llamar, su excesiva “creyensería”. Este hecho y la continua joda, parecieron encenderlo. Se puso más serio de lo normal, nos reprochó sin más nuestra incredulidad.

    “Ahora, si caminan un poco conmigo, se darán cuenta de lo que digo”. Buscó antes, como el mago que se prepara para su función, en un intersticio oculto de la roca, unas enormes teas, tomó de ellas dos, dándome una a la que prendió fuego e invitándonos a que le siguiéramos…

    Caminar por aquella arteria rocosa, umbrosa y húmeda, ponía a prueba el temple de cualquiera. Curiosamente, y conforme nos adentrábamos en la cueva, no apreciábamos a los inquilinos habituales de esos lugares, sin murciélagos ni arañas que animaran el cavernoso paseo, muy al contrario de lo que se piensa, esta ausencia acrecienta la soledad mas atroz. Al hacer notar esta falta, Saúl sólo respondió con un seco “ya verán por qué”.

    Habíamos andado no más de quince metros, que en aquellas condiciones parecen alargarse. Jorge se mostraba muy inquieto y quería regresarse; Pablo era de su misma opinión y yo, en mi fuero interior, era de la misma opinión. De repente, Saúl hizo un gesto con su mano para que calláramos, escuchando con atención, tomó la otra tea y procedió a encenderla. Una vez hecha la operación, tomó la que yo traía conmigo, y las agitó en el enralecido aire de la caverna. Entre las sombras, y poseedor del fuego provocador, parecía un genio maligno de las profundidades, en tanto que sus amigos le mirábamos extenuados de asombro, sin comprender a cabalidad la finalidad de aquel insólito ritual. De pronto escuchamos aquel terrorífico horror levantarse desde alguna remota profundidad; era tal el fragor de aquel alarido desconocido, que se repetía hasta en los mínimos intersticios de la caverna, es más, toda aquella formación rocosa de siglos y edades geológicas remotas, pareció estremecerse cual si de un castillo de naipes se tratara. Se trataba de un barritar infernal.

    Huelga relatar el consecuente espanto de que todos, Saúl incluido, dimos muestra. Correr y correr, con el terror a las espaldas hasta perder la noción del tiempo mismo. Ya bien atemperados, horas después, a la servicial mesa de un bar, repasando nuestra pasada vivencia; Saúl relatando que ya antes lo había intentado (el provocar a la bestia), sin éxito. Hoy lo había logrado, y nos habló de aquel misterio de criatura que, según dicen, mora en las profundidades umbrosas, alimentándose de otras criaturas cavernosas y saciando la sed en los ríos subterráneos. Su data evoca tiempos antediluvianos, cuando por consideraciones mefistofélicas de su naturaleza y costumbres, no le fue dado, al decir de la leyenda popular, apacentarse en el arca de Noé. Al igual que sucedió a otras criaturas de su género, ésta encontró su salvación internándose en las profundidades terrestres con los de su especie, para sobrevivir al desastre diluviano.

    Pablo, nuestro especialista en zoología y en seres mitológicos y fabulosos, creyó reconocer en esta criatura, al “Lascivus”, que era otro de los nombres que recibe este terrible habitante de las profundidades. El dato, según nos reveló, lo consigna un libro de especies fabulosas, libro decimonónico y con ilustraciones a plumilla de las criaturas que no muestran los breviarios tradicionales de zoología. No obstante, la posibilidad de confirmar este dato, implica la imposibilidad de vencer el terror a una realidad que subyace desconocida y escalofriante.

    Un hecho, doloroso y extraordinario vino, empero, a reforzar la hipótesis de Pablo. Se trató de la desaparición en esa misma área, de la naturista Susana Fonseca. Saúl topó con más suerte que las autoridades y los rescatistas, él encontró la clave siniestra y atroz que no todos estarán dispuestos a aceptar.

    Mas eso es asunto de una segunda narración…

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    Clasificado en Terror y miedo por Bender el 23 de Noviembre del 2006

    por Alfred King

    Regresaba de una fiesta muy animada en el Barrio de Trinidad rumbo a mi casa. Eran como las dos y media de la madrugada, la noche estaba muy oscura ya que una pertinaz tormenta de agua y viento castigaba la Avenida Mariscal López de la ciudad de Asunción. Conducía con cuidado, la energía eléctrica se había cortado y sólo la luz de los faros de mi automóvil y la intensa luz pero fugaz de los relámpagos alumbraban mi camino.

    Faltaba una cuadra para llegar al cementerio de la Recoleta, cuando veo una persona al borde de la vereda haciendo señales para que me detenga. No lo hago, disminuyo la velocidad y paso lentamente y observo nítida la figura de una muchacha muy joven con cara de susto implorando ayuda. Mi instinto de humanidad privó, detengo la marcha y pongo marcha atrás, hasta llegar al lugar en donde ella estaba. Se acercó y me imploró si la podía acercar hasta su casa.

    Abrí la puerta y se sentó presurosa, gracias, nadie quería parar, me dijo, tal vez por miedo, suele haber asaltos por aquí y no los culpo. Me comentó que hace unos dos años a ella misma le había pasado algo muy feo por la zona y por eso estaba con mucho miedo. Me percaté que la muchacha era muy bonita, lucía un vestido blanco de fiesta que resaltaba su esbelta figura. ¿Qué hacía sola una chica tan bonita en ese sitio?

    Como si hubiera leído mi mente, me explicó: salí de una discoteca y acordé en encontrarme ahí mismo con un grupo de amigos que al final no llegaron, la discoteca cerró y me quede sola. Comenzó a llover muy fuerte y bueno aquí estoy. Le pregunté donde quería que la deje. Llevadme hasta mi casa, mi madre debe estar muy preocupada, siempre se preocupa mucho por mí, me doy cuenta que sufre mucho cuando no estoy con ella. Me dio la dirección, no estaba muy lejos de allí, a unas 20 cuadras más o menos.

    La lluvia no cesaba, hasta parecía hacerse a cada minuto mas intensa. La muchacha temblaba de frío, instintivamente le tomé la mano y le dije que se tranquilizara que ya estaba todo bien. Sus manos, estaban frías como el mármol. Tomé mi abrigo de cuero de vaca que tenía en el asiento de atrás de mi automóvil. Póntelo, estás muerta de frío, le dije.

    - Muchas gracias, de todas maneras ya falta poco para llegar.

    Llegamos al lugar.

    - Detente, yo vivo en esa casa de en frente ¿la ves? Un poco por cortesía y otro porque esa muchacha me gustaba, le dije “quédate con el abrigo”, que yo al otro día volvería a buscarlo. El pretexto era perfecto para volverla a ver.

    Me dijo: “muy bien, mañana lo pasas a buscar. Te espero”.

    - Hey, ¿cómo te llamas?

    “Mariana”, me respondió sonriendo. Retorné mi camino a casa pensando en esa bella muchacha y en las extrañas circunstancias de haberla conocido.

    El domingo había amanecido radiante, desperté a eso de las once de la mañana. Ya a esa hora el día se presentaba caluroso y muy húmedo. Voy a ver a esa muchacha, me dije. De paso la invitaré a almorzar. Me dirigí hacia allá, estacioné mi automóvil. Toqué el timbre. Salió una mujer de aproximadamente cincuenta años, muy parecida a Mariana, seguramente su madre. En realidad esperaba que ella saliera.

    - Buenos días joven, ¿qué es lo que desea?

    - Bueno, en realidad vengo a rescatar un abrigo que anoche le presté a su hija Mariana, es de cuero marrón oscuro…

    - Disculpe se debe haber equivocado de casa, Mariana ya no vive con nosotros.

    - Disculpe pero anoche la acompañe hasta aquí y me dijo que aquí vivía.

    El rostro de la mujer se puso pálido. Me dijo con lágrimas en los ojos: “mi hijita Mariana falleció hace dos años en un accidente de automóvil. Venía con unos amigos de una fiesta en donde habían bebido demasiado”. No pudo contener las lágrimas mientras me explicaba. Yo insistí, describiendo cómo era la muchacha y el vestido que llevaba puesto.

    - Pase por favor.

    Abrió un cajón de un mueble de la sala y tomó una llave. Nos dirigimos por una escaleras y nos encontramos con una habitación cuya puerta estaba cerrada. La mujer abrió la puerta.

    - Esta habitación permaneció siempre cerrada desde que ella murió. Esa noche estaba muy bonita, llevaba un vestido de fiesta blanco que yo misma se lo había hecho. Se dirigió hacia el placard y lo abrió.

    Se me doblaron las rodillas, pude ver con espanto mi abrigo colgado, junto con su aún mojado vestido blanco.

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    Clasificado en Terror y miedo por Bender el 17 de Noviembre del 2006

    Por Héctor Espadas.

    Eran cerca de las nueve y papá vino a darme las buenas noches. Mamá era la que siempre me acostaba y él venía cuando iba a ponerse el pijama, con lo cual no era de extrañar verlo desabrochándose la camisa o los zapatos.

    - Mañana, partido- Me dijo sonriente mientras me acariciaba la cabeza.
    - Sí…- Dije felizmente sin ocurrírseme nada que decir.
    - Bueno, te dejo que descanses. Acuérdate mañana de desayunar bien.- dijo acariciándose la pequeña calva que le estaba saliendo. Cada vez que mi padre me daba un consejo, se me quedaba grabado en la cabeza.

    Se despidió con un beso en la frente y cerró la puerta. Era extraño pero cada vez que la puerta estaba cerrada, sobre todo de noche, no parecía mi habitación. Era como si me encontrase de repente en un sitio aislado de toda la casa, lejos de todo el mundo. La lámpara de cera que me habían regalado por mi cumpleaños contribuía a ello, pues proyectaba extrañas sombras con movimiento dentro de una luz verdosa que empapaba todo el cuarto. En mi despertador de las Tortugas Ninja, el segundero sonaba con violencia aunque normalmente no me percataba de su existencia. A lo lejos oía la voz de mis padres y una suave melodía, aquella noche no parecían querer ver la tele.

    Tumbado boca arriba en la cama, pegué un poco la barbilla a mi pecho y miré la ventana. Desde aquel sexto piso (y desde mi cama), lo único que veía era la luna suspendida en el aire, incompleta, sin fuerzas para dar luz. Giré la cabeza hacia la derecha y miré la puerta en la pared del pequeño trastero. Allí estaban mis juguetes y en noches como esa, en las que papá y mamá no veían la tele, se oían terribles gemidos y ruidos.

    Deseé con todas mis fuerzas que aquella noche no oyera nada, pues empezaba a sentir pánico y aunque luego de día no recordaba nada, algo me hacía pensar que si esa noche volvía a tener pesadillas lo recordaría para siempre.

    Pasó mucho tiempo sin que pasara nada. De vez en cuando oía alguna risa de mamá, como si papá le contara cosas graciosas y la música seguía sonando, aunque canciones distintas. El sudor frío se hizo presente en mi nuca y espalda cuando empezaron los ruidos. Eran ruidos extraños, como muelles oxidados y alguien dando pasos dentro del trastero. Ya no oía a papá ni a mamá. De repente empezaron aquellos gemidos y creí que la puerta del trastero se iba a abrir…

    - ¡Papaaaaaaaaaaá!- Grité con todas mis fuerzas.

    Los ruidos cesaron repentinamente, como si el sólo hecho de llamar a mi padre los aterrase. En unos instantes estaba en mi cuarto y con la luz ya encendida, me abrazaba y escuchaba mis explicaciones.

    - Pero tranquilo, el hombre del saco no existe- dijo disimulando una sonrisa.
    - Sí, si que existe. ¡Yo lo oigo!- Le expliqué. No me gustaba que pensase que eran “cosas de niños”.

    Entonces mi padre me guiñó el ojo y se me acercó al oído para susurrarme: “Bueno, pues si existe, yo lo cazaré”. Acto seguido se levantó y se dirigió hasta mi puerta. Luego salió y me miró.

    - Bueno, hasta mañana. Recuerda que los monstruos no existen- dijo en voz alta. Luego volvió a entrar en mi cuarto sin hacer ruido y cerró la puerta. Se sentó en la esquina de la pared de la puerta y la del trastero y se llevó el índice a los labios, indicándome que guardara silencio. Todo parecía un juego para él.

    La lámpara de cera volvió a hacer de las suyas. Esta vez ya no se oía la música y por supuesto tampoco hablaban papá y mamá. Todo era un escandaloso silencio, a excepción de mi despertador que no hacía más que acelerar mi pulso. Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac…

    La luna aparecía y desaparecía tras mis párpados y éstos parecían más pesados cada vez. Pero cuando estaba a punto de dormirme, los ruidos comenzaron una vez más y miré con los ojos como platos a mi padre.

    Papá no me miró pero puso la cara que ponía cuando el mando de la tele no funciona. Se puso de pie y dio dos pasos, hasta quedar delante de la puerta del trastero. Los gemidos empezaron y mi padre, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del trastero. La luz de la lámpara de cera no parecía entrar en el trastero y la oscuridad era más recalcada en él. Al abrir la puerta, los ruidos se agigantaron un poco y yo comencé a estremecerme en la cama.

    - ¿Papá…?

    Papá se giró y puso de nuevo el índice delante de su sonrisa, como si no quisiera que lo sorprendiesen porque estaba a punto de gastar una broma. Entonces algo brilló dentro del trastero y escuché un pequeño silbido. Un segundo después, la cabeza de mi padre, desprendida del cuerpo, chocaba contra la lámpara de cera, haciéndola añicos y todo se envolvió en oscuridad.

    Fui incapaz de reaccionar, me quedé petrificado mirando la forma negra en el suelo que era la cabeza de mi padre. En la penumbra empecé a escuchar un goteo y pensé que era de sangre. Algo salió del armario y al andar hacía aquellos ruidos extraños que se oían en el trastero y resonaban con estrépito en mi cabeza. Avanzó hasta donde yo miraba, cogió la cabeza de mi padre y la metió en un saco que arrastraba y donde parecía llevar otras cabezas. Luego volvió al trastero haciendo los mismos ruidos y cerró la puerta tras de sí.

    En breves instantes mi madre entraría en mi cuarto para ver si todo iba bien y encendería la luz. No tenía ni idea de cómo explicarle lo que había sucedido.

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    Clasificado en Terror y miedo por Bender el 31 de Octubre del 2006

    Como hoy es Halloween, os propongo una historieta de miedo para que dejeis esos pañales cagaitos. Atreveos solo a leerla si sois lo bastante valientes como para resistirlo…

    Esto no puede ser real

    Álvaro, un joven en una ciudad nueva, tras ir al cine a ver una película de terror, descubre que a veces lo que se ve en la pantalla puede llegar a suceder…

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    Álvaro González jamás había sentido tanto miedo. Siempre le habían gustado las películas de terror, pero nunca había llegado a sentir miedo con ninguna, y menos con una de vampiros. En el cine de la pequeña ciudad donde recientemente se había instalado para trabajar en una fábrica, emitían un ciclo de películas de terror que habían bautizado como “Ensalada de maníacos”, y esa noche proyectaban un filme titulado “Los colmillos del vampiro”. Álvaro no conocía la película, pero tratándose de los chupasangre, pensaba que no se llevaría demasiados sobresaltos.

    Se equivocaba. El realismo de la película le impresionó. Estaba filmada con un ángulo que daba a la cinta un aspecto truculento. El argumento no tenía ni pies ni cabeza. Lo único que aparecía en la película era una calle oscura. A la entrada del callejón había un Escarabajo amarillo aparcado junto a una farola parpadeante. Por el callejón se internaba alguien, normalmente joven, y la cámara le seguía a cierta distancia. De algún modo, daba la impresión de ser una cámara oculta y los actores simples personas que pasaban por allí. Antes de entrar en el callejón, las futuras víctimas se encontraban con un perro de aguas de aspecto hambriento y que parecía estar bastante loco. Parecía que trataba de persuadir a la gente para que no entrase en la callejuela. Al final de la calle, las víctimas eran atacadas por un vampiro de aspecto clásico que bajaba de las escaleras de incendios. Llevaba un traje similar al Drácula de las películas antiguas, y en general era parecido a él. Aunque el rostro del vampiro era la cara de un hombre corriente y algo atractivo, provocaba una cierta sensación de inquietud, sobre todo sus ojos.

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    Álvaro salió del cine, aliviado por el final de la película, y caminó hacia su casa. Entonces detuvo su paso y se dio cuenta de algo a lo que antes no le había dado importancia. De la escasa gente que había acudido a ver el filme, nadie había mostrado signos ni actitudes de miedo. No se oían las típicas exclamaciones de las chicas que fingen asustarse para coquetear con su novio. Tampoco nadie había hablado. Simplemente se habían quedado ahí, viendo la película con la mirada perdida en la pantalla.

    Álvaro le quitó importancia al asunto y siguió caminando. No tenía sentido preocuparse por cosas de esa naturaleza. Si no, no podría dormir bien y tenía problemas más importantes que atender. Como el trabajo, por ejemplo. Ya había recibido amenazas de despido por parte del capullo de su jefe. “A ver si piensa que soy una máquina”, pensó, “Ese tío es un gilipollas y un cabrón.”

    Era una noche extraña. Las calles estaban vacías, y el cielo negro bañado por una luna amarillenta, casi rojiza, parecía irreal. Debía ser por el cansancio, pero las pocas personas que veía le parecían borrosas, como si únicamente fueran sombras. De repente, Álvaro frenó en seco, desconcertado. Justo cuando se iba a internar en la calle que tenía que cruzar para ir a su casa, Álvaro vio un perro. Inmediatamente pensó en el perro que aparecía en la película, pero descartó en seguida esa posibilidad. Ni siquiera eran de la misma raza (él tenía delante un pastor alemán), pero sí que parecía tan loco como el otro. A diferencia de la escasa gente que encontraba, al cánido lo vio claramente. Casi parecía destacar en la oscuridad de la noche. El animal miró sin interés al chico y pronto giró la cabeza, más interesado en el cubo de basura abierto de la esquina que en él.
    Álvaro respiró un poco más tranquilo y se internó en el callejón. Un pensamiento cruzó como un rayo su cabeza. Estaba seguro de que iba a encontrarse con una farola y un Escarabajo amarillo aparcado junto a ella. La farola sí estaba, y también había un coche aparcado, pero ni era un Escarabajo ni era amarillo. Era un viejo Opel Corsa blanco, lleno de abolladuras y con la matrícula torcida. Álvaro suspiró aliviado, pero todavía sentía algo de inquietud. No podía evitar fijarse en que aquella calle era muy parecida a la que aparecía en “Los colmillos del vampiro”.

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    -Es sólo una película –susurró para sus adentros, con la clara intención de tranquilizarse.- No era real, aunque lo pareciese. Fíjate, eso es un Opel Corsa, y en la película salía un Escarabajo. ¡Y el perro! ¡Por favor…! El que vi era un pastor alemán, y el de la película era un perro de aguas.

    De repente, un fuerte estruendo metálico interrumpió a Álvaro y casi lo hizo gritar. El chico giró la cabeza hacia la fuente del ruido y vio que un gato había logrado tirar al suelo la tapa de un cubo de basura y estaba hurgando en el interior. Álvaro respiró tranquilo, pero su corazón seguía bombeando a mil por hora. Entonces, se dio cuenta de su situación y se echó a reír, medio avergonzado medio divertido con su actuación. Se puso de nuevo a caminar, olvidándose del asunto y apurando el paso.

    Fue cuando se le ocurrió mirar hacia arriba cuando sintió que todo se alejaba de la realidad. Por un momento, creyó que se estaba volviendo loco. Las escaleras de la salida de incendios del edificio que tenía a su derecha estaban bajadas, pero, ¿desde cuándo había salida de incendios en aquella calle? Álvaro no lo recordaba…

    -¡Esto no puede ser real! –Gritó a la noche-. ¡No puede estar ocurriendo! Pero, ¿qué ocurre aquí?

    Álvaro dio dos pasos atrás, se llevó las manos a la cabeza y se puso de cuclillas para recobrar el aliento. “Respira profundo, tranquilo”, pensó, “. Hace apenas dos meses que vives aquí, seguro que no te has fijado en las escaleras de incendios. Sí, eso es”. Álvaro se volvió a levantar y dio unos pasos lentos, algo más tranquilo, aunque en el fondo sabía que no eran más que palabras tranquilizadoras. Sabía perfectamente que allí no tenían que haber escaleras de incendios.

    De repente, un estremecedor pensamiento le atravesó el cerebro. En la película que había ido a ver, sí había escaleras de incendios. Miró un momento más al edificio y continuó caminando. Ya había recorrido más de la mitad del callejón. Sólo tenía que andar otro tanto y llegaría a la calle principal. Entonces, se le pasarían todos los temores.

    Los pasos producían un ruido extraño, hueco, como si hubiera amplificadores en el suelo. Se levantó un fuerte viento que producía un chillido fantasmal, lo que contribuyó al malestar general de Álvaro. Nunca había sentido tan largo aquel oscuro callejón. Por alguna extraña razón, las farolas emitían muy poca luz, produciendo una oscuridad más intensa de la habitual.

    Con paso firme, Álvaro caminó hacia la salida del callejón, pero paró en seco. Allí no había salida, únicamente una pared agrietada y gris, tan alta como los edificios circundantes. El chico no se podía creer lo que le estaba sucediendo, era ridículo.

    -¡Esto no puede ser real! –Susurró para sí- ¡Aquí tenía que haber una salida! ¿Qué coño está ocurriendo aquí?

    “Venga, tranquilo”, pensó, “Seguro que te has equivocado de calle. Vuelve para atrás y sigue el camino correcto”. Respiró tranquilo y se volvió. Ésa era la única razón lógica. Ahora le veía sentido a todo. Por eso mismo estaban esas escaleras de incendios. Sin embargo, cuando se dispuso a irse, sintió algo.

    Álvaro tuvo la extraña sensación de que le observaban. Sentía una presencia que le acosaba desde las sombras de la noche. Con el corazón en un puño, empezó a andar lentamente hasta la entrada del callejón. Sin dejar de mirar a las escaleras de incendios, Álvaro avanzó a lo largo de la acera. Estaba seguro de que allí no había ningún vampiro, pero no le apetecía lo más mínimo encontrarse con un desconocido en aquella calle, y menos de noche. Un ruido en lo alto del edificio le hizo mirar hacia arriba. Una negra silueta andaba por el tejado, al mismo paso que Álvaro. El chico aumentó el ritmo de avance, y la silueta hizo lo mismo. Si aguantaba hasta salir del callejón, estaría más tranquilo. Pero la ilusión de escapar se convirtió en nada.

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    Ya no existía la entrada de la calle. En su lugar, había otra pared gris, idéntica a la que había encontrado antes. Álvaro dio dos pasos atrás, sin ser capaz de reaccionar. “Esto no puede estar sucediendo,” pensó, “No tiene sentido, ¿qué coño ocurre?”. El chico se volvió, para toparse con otra pared un poco más allá. Había quedado encerrado allí, con aquel demente en el tejado. Vigilándole. Estudiándole.

    La silueta del tejado bajó de un salto hasta la escalera de incendios más alta, haciendo más visibles sus rasgos. Vestía de negro, con una especie de capa y un traje oscuro, según le parecía al chico. El pelo era negro como la noche, pero su cara no era todavía reconocible. Con calma, el hombre empezó a bajar por las escaleras, primero un pie, luego el otro, lentamente, muy lentamente. Álvaro perdió totalmente el control y se arrojó contra una de las paredes, golpeándola con los puños hasta que le empezaron a sangrar. Vio una puerta y la aporreó con vehemencia para que la abriera quienquiera que viviese allí, pero parecía no haber nadie en casa. Intentó derribarla a patadas, pero tampoco parecía dispuesta a ceder. Miró hacia arriba y vio que el hombre había bajado más de la mitad de las escaleras. Ahora podía verle mejor la cara, y la reconoció de inmediato. Era la cara del vampiro de la película que había visto en el cine. Álvaro se quedó estupefacto, sin ser capaz de mover un solo músculo del cuerpo. Esas cosas sólo pasaban en las películas y en los libros malos de terror.

    Cuando el vampiro llegó al final de las escaleras, saltó directamente al suelo. En su caída libre, desplegó su capa y miró con cruel gozo a Álvaro. Aterrizó de pie, sin apenas agachar las rodillas, y se cubrió el cuerpo con la capa. Sonrió al chico con lascivia y abrió lentamente su boca. Mientras lo hacía, salieron a relucir dos colmillos largos como cuchillas, ambos empapados en sangre, sangre seguramente de una víctima anterior. Lentamente se acercó a Álvaro, alargando los brazos para cogerle por el cuello y echarle la cabeza hacia atrás e hincarle el diente. Álvaro se quedó donde estaba, sabiendo que era inútil resistirse. Y acaso, ¿sería tan malo? Se convertiría en un vampiro, una criatura de la noche. Éste era el último consuelo que le quedaba a Álvaro antes de que el vampiro le agarrase, le mordiese la yugular y se hiciese la oscuridad.

    Álvaro despertó en medio de una oscuridad impenetrable. Se sentía desorientado y confuso, y al principio pensó que ya era un vampiro, que aquel monstruo lo había transformado. Poco a poco, su mente se fue aclarando y la imagen del vampiro se fue diluyendo. Entonces, lo comprendió todo. No había sido más que una pesadilla, terrible, realista, pero una simple pesadilla. Ni siquiera había ido a ver una película de vampiros el día anterior. Habían proyectado una estúpida película titulada “Bajo tierra”, sobre un caso de entierro prematuro. Álvaro se echó a reír, en parte por el alivio que sentía, y decidió que era momento de levantarse.

    Cuando el chico movió el cuerpo hacia arriba, se golpeó la cabeza contra una superficie puesta encima de él, a modo de tapa. Álvaro arqueó las cejas, confuso, y trató de moverse hacia los lados, pero había sendas paredes que le bloqueaban el cuerpo. Por alguna razón estaba encerrado dentro de algo que le recordó a una caja, o a un…

    Una voz profunda, pero humana, le sacó de sus pensamientos y lo trajo a la realidad. La voz sonaba grave, imperativa, pero a la vez amable. Sonaba como la voz de un sacerdote. Álvaro contuvo el aliento y se dispuso a escuchar, pero una parte de él sabía lo que ocurría.

    -Estamos aquí reunidos para dar sepultura al joven Álvaro González Santos –decía la voz-, muerto en el día de ayer a causa de una caída. Roguemos por la salvación de su alma…

    “Esto no puede ser real”, pensó Álvaro. 
     
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    Elena entrecerró los párpados durante un segundo y volvió a abrirlos de nuevo. Posó la vista sobre el reloj y vio que eran ya casi las cuatro de la madrugada. La penumbra en que estaba sumida su habitación era rota por la lamparilla de mesa, que proyectaba su halo de luz blanca sobre la mesa en la que Elena había pasado la noche estudiando. A un lado estaban apilados varios libros y en el centro, el montoncito de folios emborronados de fórmulas, números y letras con los que Elena había estado trabajando. A Elena siempre le había fascinado la Química, y se sentía muy complacida de poder estudiarla ahora en la universidad. Lo que no le gustaba a Elena era tener que haberse marchado de su localidad para pasar el curso viviendo en Granada, y haber dejado atrás a sus amigos -en especial a Marta, que había sido su mejor amiga desde que ambas tenían tres años- y sobre todo, no le gustaba tener que vivir sola en aquel piso que había alquilado.

    Había llegado a la ciudad sin otra compañía que la de su Renault 19 blanco. Siempre hubiera podido poner un anuncio buscando una compañera de piso, pero ya había estado el curso anterior compartiendo piso con otras universitarias, y Elena no estaba dispuesta a compartir techo de nuevo con una pandilla de extrañas que no prepararan la comida ni limpiaran cuando les tocara, y que montaran fiestas nocturnas en las que invitaran a entrar en la casa a chicos tan estúpidos como ellas.

    Decidiendo que ya tenía demasiado sueño, la chica dejó caer el bolígrafo y éste rodó con suavidad sobre los folios antes de detenerse. Apagó la lamparilla, caminó los dos pasos que la separaban de la cama, y se sumergió bajo las mantas.

    - ¡Diiiing!

    Elena despertó contrariada y miró el reloj. Las cinco y media. ¿Quién demonios estaba llamando al timbre a esas horas?

    - ¡Diiiiing!

    Elena estaba furiosa. De un salto abandonó la cama, y descalza y en pijama como estaba recorrió el pasillo y se detuvo ante la puerta.

    - ¡Diing!

    Elena miró por la mirilla. Al otro lado de la puerta había un muchacho de su misma edad. Un chico alto y moreno, que vestía unos vaqueros descoloridos y una cazadora verde. Elena hubiera opinado que era guapo si no hubiese estado intrigada pensando en quien podría ser ese vistante nocturno, y sobre todo qué quería.

    - ¿Quién eres? ¿Qué quieres?- vociferó.

    - Hola, Elena -contestó el muchacho amablemente-. Disculpa que te haya despertado. Pero necesito recoger un maletín que dejé aquí olvidado el curso pasado. Es algo muy importante.

    Elena enrojeció de ira.

    - Y si dejaste aquí algo olvidado el curso pasado ¿No has podido venir a buscarlo precisamente hasta ahora? Para empezar ¿tú quién eres?

    - Me llamo Víctor- volvió a sonar al otro lado de la puerta la voz amable del chico-. Yo ocupé este piso el curso pasado, y dejé olvidado un maletín que necesito recuperar ahora. Si quieres, te puedo indicar dónde está.

    Elena sacudió la cabeza incrédula. No podía creer que alguien estuviese llamando a su puerta a las cinco y media de la madrugada diciendo aquella sarta de estupideces. Y desde luego, no tenía ninguna intención de abrirle la puerta.

    - Mira… yo no sé nada de eso. Lárgate.

    Esta vez ninguna voz respondió al otro lado. Elena volvió a mirar através de la mirilla. Allí ya no había nadie.

    La chica se preguntó al día siguiente, mientras se dirigía a la facultad en su coche, si no habría soñado todo aquello. No, no lo había soñado, aunque desde luego, aquello era algo fuera de lo normal. Si se había tratado de una broma, a ella no le había hecho ninguna gracia. Le gustaría tener a alguien de confianza cerca para poder hablar de ello sin que se rieran de ella. Recordó a su amiga Marta, suspirando con tristeza.

    Pasaron tres días y ya Elena casi había olvidado el incidente. Hasta que de nuevo aquel sonido volvió a apartarla de su sueño.

    - ¡Diiiing!

    Elena despertó asustada. ¡Otra vez no! Miró el reloj ¡las cinco y media de la mañana!

    De nuevo corrió hacia la puerta, y de nuevo vio a través de la mirilla al chico de la cazadora verde.

    mirilla01.jpg

    - Hola Elena, soy Víctor. Vengo a buscar el maletín que dejé aquí olvidado el curso pasado.

    - ¡Vete! ¿de qué vas? ¡No te voy a abrir!

    - Elena, el maletín está en el tercer cajón del armario. Tengo que llevármelo. Es muy importante.

    Elena se alejó de la puerta, al borde del llanto. El timbre no volvió a sonar. ¿Quién era aquel muchacho? ¿Y si era algún lunático que se había fijado en ella? Si era así, quizá no se conformara con llamar a su timbre por las noches repitiendo aquella historia sin sentido del maletín olvidado. ¿Qué haría si él la abordaba en plena calle?

    A la siguiente noche, el incidente se repitió. De forma idéntica a las dos veces anteriores.

    - Hola Elena. Soy Víctor. Vengo a buscar el maletín que dejé aquí olvidado.

    Elena esta vez no le respondió. Estaba ya convencida de que aquel muchacho que decía llamarse Víctor podría suponer un peligro para ella. Pero dudaba que pudiera convencer a la policía de ello. Al fin y al cabo, no era ningún delito llamar a un timbre. En cuanto fue de día, decidió que tenía que hablar con la persona con quien ella sabía que podía contar siempre. Cogió el teléfono móvil y marcó:

    - ¿Sí?

    - Marta… soy Elena.

    - ¡Elena! ¡Qu… -la alegría inicial de la voz de Marta se apagó cuando advirtió que su amiga estaba llorando.- ¡Eli,,cielo! ¿Qué te pasa?

    - Marta, necesito que vengas. Quiero que vengas y duermas aquí, aunque sólo sea una noche o dos. Mientras busco aquí una compañera de piso. ¡No quiero estar sola aquí ni una noche más!

    - Elena, ¿por qué dices eso? ¿qué ha ocurrido?

    Por toda respuesta, Elena sollozó con más fuerza.

    - Elena, por favor, cálmate. Te prometo que iré a verte allí, como hice antes de Navidades. Y me quedaré a dormir contigo si quieres. Pero sabes que no puedo ir a Granada antes del viernes. ¡Joder, Elena! ¿Qué es lo que pasa?

    - Te lo contaré cuando estés aquí. Ven, por favor.

    - El viernes por la tarde estaré allí. Te prometo que iré… ¿Estarás bien hasta entonces?

    - Sí. Pero por favor, quiero que vengas.

    Eran las cinco y media de la madrugada del miércoles cuando el timbre del piso que habitaba Elena volvió a hacer “ding”. Esta vez Elena no estaba en cama, sino bien despierta y sentada en una silla. Esta vez no se acercó a la puerta a preguntar quién era. Lo sabía perfectamente. El “ding”no se repitió, como si el visitante aceptara que Elena no quisiera abrirle.

    Elena pensó que tal vez había preocupado sin motivo a su amiga. Las llamadas a la puerta no pasaban de ser solo eso, pese a que ya hacía casi una semana desde la primera. Todo aquello era muy raro. También era raro que aquel chico tuviese una llave del portal del bloque de pisos y entrara con ella cada noche. Porque desde luego, aquel joven entraba desde la calle. No era un vecino suyo, de eso estaba segura. Se hubiera cruzado en la escalera o en el ascensor con él alguna vez en los meses que llevaba viviendo allí. Las dos últimas veces Elena se había asomado a la ventana cuando el chico ya parecía haberse ido, pero las terrazas de los pisos inferiores le impedían ver si alguien entraba o salía del portal. ¿No dijo algo el chico sobre los cajones del armario? ¿Cómo diantres sabía el tal Víctor que en el armario había tres cajones? No cabía duda, aquel chico realmente era un estudiante que había habitado aquel piso en un curso anterior. Eso explicaba tambien que conservara una copia de la llave del portal.

    Elena recordó sus palabras: ”Elena, el maletín está en el tercer cajón del armario”.

    La chica se encaminó hacia el armario. Nunca había abierto el tercer cajón, ya que los dos primeros eran bien grandes y le habían bastado para guardar su ropa. Se puso de rodillas y abrió el cajón.

    Dentro había un pequeño maletín de color negro.

    Elena se puso pálida como un papel. Cogió el maletín e intentó abrirlo, pero estaba cerrado con llave. La joven fijó sus ojos en aquella pequeña cerradura y pensó si podría forzarla de alguna manera. No, no debía. Aquella pequeña maleta no era suya. Pero no tenía sentido que su presunto dueño se presentara a reclamarla meses después de haberla dejado allí olvidada, y menos a reclamarla a aquellas horas y de aquella manera tan extraña. Pero sin duda Mari Carmen, la señora que le había alquilado el piso, podría aclararle más cosas. Ese mismo día la llamaría por teléfono.

    - ¿Diga?

    - Mari Carmen, soy yo, Elena.

    - Hola Elena. ¿Va todo bien?

    -Sí… quería preguntarle algo. ¿El año pasado alquilaste el piso a un estudiante llamado Víctor?

    - Sí, Víctor. Aquello fue un varapalo terrible…

    - ¿Cómo? ¿de qué habla?

    - Víctor murió en un accidente la noche que salió a celebrar el fin de curso. Su moto fue a empotrarse contra un árbol. ¿Por qué lo preguntas? ¿Has encontrado en el piso algun objeto con su nombre o algo así? Pensaba que se lo habían llevado todo…

    La madrugada del viernes, Elena no se puso el pijama ni se metió en la cama. Vestida de calle, aguardó sentada e inmóvil como una estatua a que llegara la hora señalada. A las cinco y media, el timbre sonó.

    Esta vez Elena se levantó, cogió el maletín en sus brazos y se dirigió hacia la puerta. No miró por la mirilla.

    - ¿Quién es?

    - Hola Elena, soy Víctor. Vengo a buscar el maletín que dejé aquí olvidado.

    Elena abrió la puerta…

    Eran las siete de la tarde del viernes cuando Marta llegó al piso, alarmada porque su amiga no le había respondido ninguna de sus llamadas al móvil en todo el día. Su alarma quedó justificada cuando al llegar encontró que la puerta del piso estaba entreabierta, y la luz del recibidor encendida. Entró y buscó a Elena, pero allí no había nadie. Tampoco vio signos de violencia, ni parecía que hubiesen robado nada. Lo único que parecía fuera de lo normal era un pequeño maletín negro que yacía tirado en el suelo abierto y vacío.

    Aquella misma noche, Marta corrió a la comisaría más cercana a denunciar la desaparición de su amiga. A las cinco y media de la madrugada, se recibió en la comisaría un aviso de accidente: un Renault 19 blanco se acababa de estrellar contra un árbol. Su único ocupante era el conductor, una chica de unos 20 años, que había resultado muerta.


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    Clasificado en Expediente X, Terror y miedo por Bender el 13 de Octubre del 2006

    La noticia de la aparición de un “fantasma” en los pasillos de la Consellería de Sanidad y trabajo de Valencia, salto por vez primera a los titulares de la prensa valenciana el 16 de marzo de 1990, otra referencia apareció en el mismo diario el 22 del corriente, más tarde otro periódico levantino se hizo eco de la noticia el 26 de marzo para terminar nuevamente en otra reseña el domingo 1de abril del 90, desmintiendo el suceso.

    La noticia provocó entre la población valenciana actitudes completamente diferentes, entre el asombro y el escarnio, como es comprensible en estos casos, pero agravado por el hecho de que todo lo aparecido en los periódicos partía de un bulo, intencionado o no, que tergiversó el auténtico suceso, hasta el punto que la prestigiosa revista española especializada en estas temáticas, Año Cero, confiando en el buen hacer de los periodistas de estos diarios, recogiera y publicara la noticia de este maltrecho asunto, quedando así, para la posteridad.

    Los hechos aparecieron de esta forma en el periódico Las Provincias el 16 de marzo: “En los despachos y pasillos de las consellerías de Trabajo y Sanidad,… antigua Clínica de maternidad La Cigüeña una mujer joven sube escaleras y atraviesa salas vacías buscando a un niño que llora.

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    Una mujer alta, embarazada y vestida con un camisón rosa adornado con lazos en ambos hombros, deambula durante la noche intentando encontrar, desde hace tanto tiempo ya, a un niño que llora en no se sabe dónde. El recorrido de la madre incorpórea finaliza antes de que despunte el alba en una inexistente sala de incubadoras…”

    Todavía hoy no se sabe de donde sacaron esta fantástica historia. El jueves, 22 de marzo apareció lo que formaría el gran galimatías final, donde incluso se le inventa un pasado a la “incorpórea” (e inexistente) mujer:

    “La Consellería… Está estos días absolutamente revolucionada con el fantasma de la mujer vestida con un camisón rosa que vaga por las noches en busca de su hijo. Según nos han contado en toda la historia de La Cigüeña como Clínica de Maternidad, únicamente murieron dos mujeres y de esas dos tan sólo una llegó a dar a luz al niño.

    Al parecer, madre e hijo murieron con pocas horas de diferencia. La mujer era joven y aquel era su primer hijo en el que había puesto toda la ilusión del mundo. Era la esposa de un médico, se llamaba Lourdes y nada hacía sospechar que el parto se complicaría y ambos morirían…”

    El periódico Hoja del Lunes desmintió todo el asunto con comentarios poco acertados el 26 de marzo, y que colocaron como titular “el fantasma de la Consellería, fruto de la imaginación de un guarda jurado que escribe novelas de terror”. En su contenido, el periódico no andaba desencaminado cuando desmentía la historia de Lourdes pero si al referirse al protagonista real de esta historia, José Antonio C. como un visionario poco menos que mentiroso e irresponsable.

    José Antonio C. al que yo conocía desde hacía ya tiempo, es persona completamente normal, poco dada a fabular inventándose historias de este tipo y mucho menos escribir novelas de terror. Cuando todo esto paso, él fue el primero en querer ocultarlo y evitar que este asunto trascendiera.

    Mi relación con este tema vino de su mano. Por entonces él formaba parte del personal de la agencia de seguridad Protecsa, y estaba al cuidado de la Consellería en el horario nocturno. La noche del 12 de marzo, antes de que los mencionados periódicos supieran nada sobre las manifestaciones de la Consellería, recibí sobre la una de la madrugada, la llamada telefónica de José Antonio C. En su voz se apreciaba claramente la alarma de lo que le estaba pasando. Procuré tranquilizarle lo mejor que pude y le pedí que me contara lo que ocurría.

    De forma precipitada me relato que hacía ya unas noches venía sintiendo unas extrañas “presencias” en los pasillos del edificio oficial, que le tenían completamente aterrorizado, y que hacía tan sólo unos momentos había logrado ver lo que tanto miedo le infundía, lo que le hizo tomar la determinación de llamarme, le dije que me pasaría por allí al día siguiente.

    Tal como le prometí me presente en la puerta de la Consellería sobre las ocho de la noche, antes de que comenzara nuevamente su turno. Esta vez le rogué me expusiera más pausadamente su experiencia. Contó que hacía sólo una semana que su agencia le había encargado la vigilancia nocturna del edificio, aunque él era ya un experimentado guarda.

    Entre otras cosas, su función consistía en ir cerrando las ventanas de los despachos y comprobar que ningún funcionario se hubiera dejado alguna luz encendida antes de abandonar el recinto. Tenía la costumbre de hacer la ronda a oscuras tan sólo alumbrándose con una linterna pues, según él, así se veía mejor si algún ordenador, fax o fotocopiadora había quedado conectado e inmediatamente ocuparse en apagarlos.

    Fue entonces cuando, paseando por la tercera planta (de las cuatro que hay en total) y aún a oscuras, sintió, como si algo se le echase encima, según sus palabras “una especie de sensación, una fuerza o algo así, pero sólido.” Parece que aquella “sensación” no se conformó con pasar a través de él una sola vez, y se repitió al menos dos veces más.

    Asustado por la experiencia, decidió bajar inmediatamente donde hubiera luz, a la última planta, e intentó tranquilizarse buscando una explicación que justificara su extraña vivencia. En el momento en que estaba absorto en estos pensamientos, oyó como el ascensor, que se hallaba en un piso superior, se ponía en marcha y paraba, para el asombro de José Antonio C., en la sala de recepción, donde él se hallaba, abriéndose la puerta y no encontrándose nadie en su interior (recordemos que para entonces, no quedaba nadie en el edificio, excepto José Antonio C.), entonces decidió salir fuera y quedarse en la puerta hasta que amaneciera y se le relevara de su turno, eso sí, sin abandonar su puesto.

    La noche siguiente no fue mucho mejor, sacando fuerzas de cualquier parte, volvió a enfrentarse a su situación. Sucedieron entonces otros pequeños episodios. Procuró hacer la ronda, en esta ocasión con todas las luces encendidas y antes de que el jefe de mantenimiento y los de limpieza se marcharan.

    Cuando terminó y todo el personal se hubo ido, empezó a oír una especie de golpes que provenían de lo que supuso era la tercera o cuarta planta. Según cuenta, los golpes eran fuertes y como intencionados, parecían reclamar su atención, pero con el miedo y en vistas de que debía permanecer allí hasta el amanecer, decidió sumergirse en la lectura de un libro y procurar olvidarse del asunto, no sin echar de vez en cuando, tímidos vistazos hacia el ascensor.

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    La noche que decidió llamarme tuvo la experiencia más aterradora de todas las que había pasado en la Consellería. Cuando todos se marcharon, él, como en noches precedentes, ya había realizado su ronda, cuando nuevamente se volvieron a producir los ya conocidos golpes pero esta vez acompañados de lo que parecían ser “llantos de niño” .

    Esta vez su miedo ya fue considerable, pero no tanto como cuando vio deslizarse por las escaleras, momentos después, lo que parecía una sombra cuasi antropomorfa que se dirigía hacia él, tenía el aspecto de una nube muy concentrada y según me refirió “era una cosa inteligente”. Decidió entonces salir nuevamente a la calle y no volvió a entrar más que para llamarme.

    Después de contarme su historia me dijo que sería interesante que yo hablara con el jefe de mantenimiento, pues cuando llegó por la mañana y vio el aspecto desencajado de José Antonio C. no pudo por menos que preguntarle que le ocurría, éste se lo contó y Paco, que así se llamaba su compañero de mantenimiento aseguro a José Antonio que no era el único en padecer aquel fenómeno, él mismo había tenido algún encuentro con esta “entidad” y también un Conseller.

    Paco me recibió con algún recato, pero pronto tomó confianza y me relató su experiencia. Una noche decidió quedarse después de su hora habitual a terminar una pequeña maqueta de avión en la que estaba trabajando, había optado por hacerla aquí pues en su casa los niños y los deberes domésticos se lo impedían, ya que además después de que todos los trabajadores se marchan del edificio, este queda en absoluto silencio y era el clima idóneo para su entretenimiento.

    En ese instante comenzó a oír como si alguien en el piso inmediatamente superior caminara con lo que parecían ser unos zapatos de tacón, sorprendido por aquello decidió subir, sólo para comprobar que nadie se encontraba allí, cuando regreso a su mesa y a su maqueta vio que sus instrumentos de montaje estaban en el lado opuesto de donde él solía ponerlos, me aseguro que era muy meticuloso y sabía perfectamente que alguien había movido los instrumentos.

    Nunca más, me confío, volvió a quedarse en aquel lugar después de hacer su trabajo habitual. Me dijo que un Conseller le había asegurado que también llegó a oír aquellos pasos y que alguno de sus colegas y empleados sintieron y vieron alguna cosa, siempre, eso sí, caída la noche.

    El testimonio de Paco me pareció del todo real, no bromeaba en lo más mínimo, y me aseguró que a él tampoco le habían engañado sus superiores inmediatos. Entonces fue cuando se me propuso pasar esa noche en la Consellería y comprobar por mi mismo si realmente ocurría algo allí, y como es obvio, acepte.

    A las diez todas las dependencias estaban ya vacías, aquella noche todos se fueron más tarde porque se estaba debatiendo el futuro de la empresa peletera Imepiel. Cuando José Antonio C. inició su ronda habitual, yo le acompañé sugiriéndole que lo hiciéramos como la noche en que tuvo su “encuentro”, es decir, en total oscuridad, y guiados por el haz de la linterna.

    Nos encontrábamos ya en el largo pasillo de la tercera planta, a cuyos lados se hallaban los despachos, sin que nos ocurriera ningún incidente. Pese a la oscuridad reinante, pude ver en la expresión de mi guía un claro temor hacia lo podría pasar. En todo nuestro recorrido no hablo nada, esperando, quizás, poder escuchar nuevamente aquellos llantos de las ocasiones anteriores.

    Entramos seguidamente en uno de los despachos, y José Antonio C., que para entonces ya comenzaba a tranquilizarse, inspeccionó la zona buscando algún aparato encendido, en ese instante y para sorpresa, tanto del vigilante jurado como mía, un póster de la exuberante cantante Marta Sánchez, que los funcionarios tenían colocado con cuatro chinchetas en la pared inmediatamente detrás de mi, cayó sobre mi cabeza.

    El hecho fue sumamente extraño pues, de haberse tratado, como quisimos creer, de una corriente de aire, no se hubiese caído con todas las chinchetas que lo sujetaban (cuatro en total), era más bien, como si “algo” hubiese arrancado los enganches exprofeso. El asunto comenzaba a ser prometedor, aunque comprendí el miedo de mi compañero, yo me marcharía de allí al día siguiente mientras que él debía quedarse.

    Tras aquello, entramos en otro despacho, y sin motivo aparente, uno de los ventiladores generales, de los que se hallan empotrados en el techo, se puso a funcionar, en aquel instante no le dimos mayor importancia pues supusimos que eran de los que se ponían en marcha automáticamente cada ciertos intervalos de tiempo, pero más tarde nos enteramos que debían ser conectados desde calderas y que se conectaban todos a la vez (sólo se encendió donde estábamos), y como es evidente, allí no había nadie.

    Horas más tarde y después de hacer un minucioso rastreo por todas partes, oí lo que mi amigo había sentido durante los últimos días, unos llantos que se me antojaron como producidos por un niño de corta edad, el sonido era claro pero lejano, por lo que decidí subir, siempre a oscuras, a la planta de donde creí provenía aquella voz.

    Aquí ocurrió algo interesante, cuando creía que ese lloró lastimero estaba localizado en tal o cual planta, inmediatamente estos descendían o ascendían de lugar, dependiendo de donde yo estuviese, aunque era evidente que aquello estaba en el mismo edificio, parecía, eso he sospechado siempre, como si el llanto jugara conmigo a lo que se podría llamar un “escondite”. Cuando estos cesaron decidimos bajar a recepción, donde teníamos conectadas las luces y descansar un poco (afortunadamente logramos registrar aquella llantina en una cinta magnetofónica).

    Seguir describiendo los acontecimientos de aquella noche, nos llevaría a un relato mucho más amplio del espacio del que disponemos, valga como referencia que durante todas aquellas horas que pasé en la Consellería, muchos otros episodios sucedieron, alarmas que se disparaban solas y volvían a apagarse sin ningún motivo o bien teléfonos que sonaban constantemente a horas tan intempestivas y a las que nadie contestaba, cambios bruscos de temperatura, etc.

    Lo cierto es que nunca logré ver lo que tan ansiosamente deseaba, la sombra que aterró a mi compañero José Antonio C., pero lo que viví aquella noche fue suficiente para demostrar la veracidad de la historia de aquel “guarda jurado que escribe novelas de terror” y a comprender que en el enorme edificio de la Consellería de Sanidad y Trabajo, ocurrió algo que se sale de cualquier acontecimiento a lo que estamos acostumbrados, exista o no, un ente ajeno a nuestra realidad cotidiana.

    A modo de epílogo, es interesante señalar que José Antonio C. se despidió a los pocos días de nuestro encuentro, aunque la empresa de seguridad Protecsa, en la cual trabajaba y después de oír el motivo de la marcha, intentó evitarlo, reconociendo además, que no era él el único vigilante que había pasado por sucesos paranormales en la Consellería, otros antes que él, llegaron a escuchar ese lamento infantil y a ver la “sombra”, aunque públicamente Protecsa negó los hechos, como es obvio.

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    Más tarde, supimos que varias religiosas a cargo de la antigua Clínica de Maternidad La Cigüeña y que hoy era la Consellería, vieron también la sombra errante y a oír el llanto, aunque el periódico Hoja del Lunes dijo que estos eran producto del laboratorio en el edificio colindante en el cual habían ratas y conejos, motivo más que improbable.

    De la Consellería de Valencia únicamente sabemos que realmente existieron episodios paranormales, aunque aun desconozcamos su procedencia. El sexo, el vestuario, el nombre de la aparición, etc., fueron todas inventadas por los sensacionalistas que quisieron ver en ello una historia romántica. El suceso nunca fue lanzado por el guarda José Antonio C. quién, como ya hemos anotado, procuró reservar su historia, como todos los que le precedieron, de manos de la prensa. Todo salió a la luz, así como el bulo, por uno de sus compañeros de profesión.

    Hoy el asunto de la Consellería está ya olvidado, pero sería importante que no pasara como una mera anécdota. Alguien debería preocuparse de ello, pues recientes noticias llegadas a mí, hablan de la Consellería como de un lugar en el que siguen ocurriendo cosas de difícil clasificación.


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