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Diana, Selene o Artemisa

Clasificado en Mitología Griega por Bender el 17 de Julio del 2008

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Diana en Versalles

Diana para los romanos o Artemisa para los griegos, era la hija de Latona y la hermana de Apolo, siendo la reina de la caza. En la antigüedad se le llamaba Selene. Se entregaba a este ejercicio marcial de forma que pronto se volvió insensible a las delicadas inclinaciones que seguían todas las mujeres. Ninguno de los pretendientes que intentaron conseguir su amor pudieron lograrlo, y por eso se le otorgó a Diana el sobrenombre de casta.

La historia de Endimión no contradice en ningún punto este hecho. Endimión, pastor de Caría, había obtenido de Júpiter el privilegio de no envejecer jamás y conservar hasta el fin de sus días la lozanía y frescura juveniles. Una noche que Diana vio al pastor dormido sobre el monte Latmos a la claridad de la luna, quedó tan prendada de su belleza, que durante un largo rato recreó en él su mirada.
Esto es lo que la fábula cuenta. La verdad es que Endimión, que era un sabio astrónomo de la Caria, pasaba las noches en la cima de las montañas, entregado a la observación y el cálculo de la marcha de los astros. La Luna, o sea, Diana, iluminaba sus prolongadas vigilias, durante las cuales, agotado ya por el trabajo, se rendía algunas veces en brazos del sueño.

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Por esto, se decía que Endimión nunca envejecía jamás, resultando ser verdad en ese dicho que reza que genio y ciencia pueden hacer al hombre inmortal.

Pero esta misma diosa, acostumbrada como estaba a dar caza a los más feroces animales empapando muchas veces la tierra con su sangre, tenía por esta misma razón, un carácter salvaje y se entregaba sin escrúpulo a cualquier acto inhumano, de lo cual es un ejemplo palpable la muerte de Acteón.

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Diana de W. Crane

Acteón, hijo de Aristeo y Autonoe, no tenía otra afición que la caza. Un día, después de haber matado innumerables animales salvajes sobre el monte Citerón y cuando el Sol era más ardiente, reunió a sus compañeros que aun se entregaban con ardor a su diversión favorita:

“Alegraos de vuestra jornada - les dijo - recoged vuestras tiendas y no os fatiguéis ya más”.

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Diana y Endimión, de Nicolás Poussin (1631)

Todos obedecieron y se entregaron al descanso. Allí cerca se extendía el valle de Gargafia, consagrado a Diana. Era un paraje lleno de encantos, sombreado de pinos y cipreses bajo cuyas ramas corría el agua fresca y límpida entre dos riberas esmalteadas de flores.

Allí Diana, que estaba cansada de sus largas correrías, acababa de llegar con las ninfas que formaban su séquito, con el propósito de bañarse. Acteón, que vagaba por el bosque sin rumbo fijo, tuvo la desgracia de penetrar en este vallecito y acercarse al mismo riachuelo.

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Las ninfas, al advertir el ruido y viendo que el ramaje se estremecía, lanzaron un grito de espanto. Diana se indignó contra el cazador temerario y recogiendo el agua de la corriente en el hueco de su mano, se la echó en la cara.

En aquel momento, de su cabeza empezaron a aparecer cuernos arborescentes, su cuello se prolongó , sus brazos se convirtieron en piernas largas y delgadas y todo su cuerpo quedó cubierto de pelo jaspeado, quedando convertido en ciervo.

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Diana y Calisto de Rubens

Sus perros al descubrirle, le acometieron y él quiso gritarles: “¡Yo soy Acteón, reconoced a vuestro amo Acteón!”, pero su garganta no pudo proferirles ninguna palabra o articular sonido alguno, muriendo destrozado por los mismos perros que había amaestrado y alimentado y que poco antes saltaban de alegría a su alrededor prodigándole las más tiernas pruebas de cariño.

Los habitantes de la Tauridia (llamada actualmente Crimea), que veneraban a Diana como divinidad predilecta, cuidaban de complacerla degollando sobre sus altares a todos los extranjeros que alguna tempestad arrojaba a sus costas.

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Diana de Boucher

Esta diosa tenía en Aricia un templo servido por un sacerdote que podía solamente obtener este cargo dando muerte a su predecesor, siendo este templo levantado y consagrado a Diana por Hipólito, hijo de Teseo, después que Esculapio le hizo resucitar y Diana le transportó a Italia. Los lacedemonios le ofrecían todos los años víctimas humanas hasta que vino el sabio Licurgo, quien sustituyó esta horrible costumbre por la flagelación.

En la tierra, esta diosa recibía los nombres de Diana o Delia, que significa “nacida en la isla de Dlos”, y en el cielo se le daba el nombre de Luna o Febe, y el de Hécate o Proserpina en los infiernos. De aquí que Diana fuese denominada diosa triple, triple Hécate, diosa de tres formas (triforme), nombres que algunas veces hallamos en los poetas. También se le ofrecían sacrificios en las plazas o lugares en que convergían tres caminos.

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Diana de Houdon

Diana se representa armada de un carcaj y un arco acompañada de una jauría; sus piernas y sus pies aparecen desnudos o calzados con sandalias. Es fácil reconocerla por la media luna que ostenta en la frente o por el traje de cazadora. Aventajaba en estatura a todas las ninfas de su corte. En algunas obras de arte ha sido representada en compañía de una cierva, animal que le está especialmente consagrado.

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La pose de Diana, de Watteau

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Diana y Calisto, de Rottenhammer

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Diana y sus ninfas sorprendidas por Faunos, de Rubens

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Diana y Acteon, de Francois Clouet (1566)

Imágenes de fantasía de Diana, Artemisa o Selene

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    Procesión de Proteo, por C. Briton, 1882
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    Proteo, hijo de Océano y Tetis, era dios del mar; nació en Palena de Macedonia pero vivió siempre en la Isla de Pharos, cerca del Delta del Nilo. Su misión principal era alimentar bajo las aguas las focas y los becerros marinos que formaban el rebaño de Neptuno. Este dios, para recompensarle, le concedió conocer el pasado, presente y porvenir: el tiempo no tenía para él secreto alguno.

    Otra historia cuanta como Proteo nació de Nanite y cómo llegó obtener sus poderes adivinatorios por sí mismo:

    El tercer jueves de Junio del año de las siete lunas, no paso nada trascendente, era un día gris, oscuro, lleno de sombras, lento y silencioso. Nanite, la partera había bostezado mas de lo acostumbrado esperando el nacimiento de un nuevo ser. Fenice, la joven parturienta, no se acordaba como lo había concebido, tampoco nadie se tomo la molestia de averiguar quién era el padre. Cuando la princesa noto los signos inequívocos de su embarazo, por extrañas razones o circunstancias no le importo lo mas mínimo y cuando naturalmente le comenzó a desarrollar el vientre, tampoco sus familiares y amigos le hicieron ningún comentario o pregunta, por que al parecer nadie lo notaba.

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    Proteo, luna de Neptuno

    Por eso, era comprensible que esa tarde del alumbramiento, todos ignoraran el hecho. Cuando nació Proteo, casi no lloro - el silencio seria unos de sus signos durante toda su vida - la nodriza Nanite lo deposito con displicencia en una canasta y comenzó a limpiar y atender a Fenice, cuando termino su tarea, la joven princesa ya se había quedado dormida y todos salieron del cuarto para dejarla descansar. Recién al día siguiente alguien se percató de un ligero ruido y movimiento en la canasta que había quedado olvidada en un alejado rincón de la habitación.

    En la infancia de Proteo no sucedió nada importante, parado en su cuna estiraba sus brazos en clara señal de invitación para que lo carguen, tantas horas estuvo en tan infructuosa tarea que sus brazos le fueron creciendo mas de lo natural y junto con sus alargadas orejas, filuda nariz y enormes ojos oblicuos conformaban una extraña y desgarbada figura que podría haber causado risa o cuando menos extrañeza, pero como todos lo ignoraban, solo el notaba lo diferente de su apariencia, comparándose con los otros niños del Olimpo que revoloteaban a su alrededor.

    Años después y cuando alguna vez lo dejaban jugar a las escondidas con la pandilla, podía estar horas o días acurrucado en un rincón sin moverse, sin que nadie lo fuera a buscar, cuando se cansaba de esperar, se quedaba dormido - tantas horas - que fue perdiendo completamente la noción del tiempo y podía estar quieto en algún lugar un día o un mes.

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    Poco a poco se fue alejando de toda actividad social, comprendió lo inútil del esfuerzo para incorporarse al grupo y acepto que debía de estar solo. Pensaba, soñaba, se aburría y se quedaba dormido, las horas y los días, se repetían lentamente en su delante, como un fantasmagórico ejercito marchando hacia la eternidad.

    Con el propósito de no ser molestado, mientras estaba quieto en algún lugar, se cubría con un manto ámbar de absoluta ociosidad y luego iba adquiriendo el color de las cosas que lo rodeaban y después la forma, de manera que en pocos momentos sé mimetizaba completamente con el entorno y podía estar en cualquier lugar sin ser notado. Llego a dominar con tal perfección esta magia de la transformación que podía convertirse en cualquier cosa, hasta en agua que en el agua es invisible.

    Un día que estaba dormido en un prado, integrado al bucólico entorno del follaje y al fresco manantial, fue despertado por una pareja de jóvenes amantes, que sin percatarse de su presencia, se habían acomodado cerca, para jurarse amor eterno mientras intercambiaban miles de atrevidas caricias. Proteo se divirtió como un espectador privilegiado con esta escena de la vida real, y lo que empezó como un simple juego voyerista, se fue convirtiendo en su principal actividad, escuchar y ver sin ser advertido.

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    Espiaba todo tipo de reuniones, políticas, sociales, comerciales y poco a poco fue adquiriendo una formidable información y por simple asociación de su desarrollada inteligencia, podía predecir lo que lógicamente iba a ocurrir, ese fue el inicio de otra de las características de su vida, conocer el pasado, el presente y predecir el futuro, es decir un oráculo en vivo y en directo.

    Conocía las opiniones de los diversos personajes sobre alguna persona, o circunstancia, como habían realmente sucedido las cosas y la participación de los protagonistas y lo más importante, lo que planeaban hacer en el futuro. Se sorprendía con algunas fidelidades y con las miles de traiciones, aprendió a reconocer el sabor, el olor y color de las envidias, de las mentiras, de las preferencias, de los odios, de las injusticias y de miles de apasionadas acciones individuales que le daban una posición estratégica y privilegiada de información y conocimientos.

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    Lucha con Proteo

    Al mediodía Proteo abandonaba las profundidades del mar, se retiraba a una gruta próxima a la ribera y allí se dormía al arrullo de las olas. Entonces era el momento oportuno para sorprender a este adivino, emplear la violencia y agarrotarle fuertemente si se le quería arrancar la revelación de algún misterio.

    Él se esforzaba, apelando a innumerables metamorfosis, por escapar de los que le había encadenado: unas veces tomaba la forma de un jabalí, de un tigre o d eun dragón; otras se convertía en agua fluida, una llama chisporroteante, un árbol o una roca.

    Pero cuantas más formas afectaba para engañar o aterrorizar, más necesario era sujetarle fuertemente; una vez vencido al fin, cedía a sus adversarios y les revelaba el porvenir. Menelao al volver de troya, y Aristeo después de perder sus abejas, obtuvieron por su mediación las respuestas que les convenía saber.

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    Proteo y Aristeo en Versalles.

    “Después de la guerra de Troya, Menelao rey de Esparta y Agamenón rey de Micenas, iban a zarpar de regreso a Grecia, Menelao entonces dijo ‘Zarpemos de una vez, mientras haya brisa.’, pero Agamenón dijo ‘No, no, hagamos primero un sacrificio a Atenea.’ Menelao agregó ‘Nosotros los griegos, a Atenea no le debemos nada!’.'Ella defendió la ciudadela de Troya mucho tiempo.’

    Los hermanos se separaron en malos términos y nunca se vieron otra vez, mientras, Agamenón, Diomedes y Néstor tuvieron un próspero viaje de regreso a casa, Menelao fue sorprendido por una tempestad enviada por Atenea; Menelao perdió todas sus naves excepto cinco. Estas fueron arrastradas hasta Creta, desde donde Menelao cruzó el mar hasta Egipto, y pasó ocho años en las aguas del sur, sin poder regresar.

    Por último Menelao llegó a la isla de Pharos donde estuvo detenido veinte días sin que soplara el viento, pero los salvó la ninfa Eidotea hija del insigne Proteo, el anciano de los mares.
    Eidotea se le acercó cuando Menelao vagaba solo apartado de sus compañeros que erraban de pesca por el litoral. Eidotea le dijo a Menelao, ‘ ¡Oh forastero! en esta isla habita el veraz anciano de los mares, el inmortal Proteo egipcio que conoce las honduras de todo el mar y es servidor de Poseidón.

    Voy a instruirte con gran sinceridad. Cuando el sol se halle en la mitad de su carrera, el veraz anciano de los mares surge de las aguas al soplo del céfiro, envuelto en espesa bruma. En seguida se acuesta en honda gruta y a su alrededor se ponen a dormir, todas juntas las focas de nalátiles pies hijas de la hermosa Halosidina. Elige a los tres más valerosos de tus compañeros. El anciano primero contará las focas y luego de contarlas en grupos de cinco se acostará en medio de ellas como un pastor entre su grey.

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    Tan luego como lo viéreis dormido, apelad a todo vuestro valor y fuerza, echaos sobre él y sujetadle fuertemente, aunque intent escaparse. Se trocará entonces en cuantas cosas rastrean la tierra pero vosotros tenedle con firmeza y apretadle más; Y cuand te interrogue con palabras mostrándose tal como lo vísteis dormido, depón la violencia y déjale en libertad. Entonces pregúntale que dios se opone en tu camino y como podrás volver a la patria a través del mar en peces abundoso.

    Dijo Eidotea y se hundió en el agitado mar. Menelao volvió a sus naves dispusieron la cena y después se durmieron echados en la ribera. En la mañana siguiente Menelao con tres de sus compañeros, cuyo valor le era conocido se fue por la orilla del espacioso mar.

    La diosa que se había sumergido en el vasto seno del mar, sacó cuatro pieles de focas recientemente desolladas; habiendo cavado unos hoyos en la arena de la playa, los aguardaba sentada. Cuando llegaron, hizo que se tendieran por orden dentro de los hoyos, y les echó encima sendas pieles de focas, allí estuvieron toda la mañana aguardando hasta que al fin las focas salieron todas juntas del mar y fueron a echarse en orden a lo largo de la ribera.

    Al mediodía salió del mar el anciano Proteo, se acercó a las obesas focas y comenzó a contarlas, a Menelao y sus compañeros entre las primeras, y sin recelar la malicia, Proteo se fué a acostar entre las focas.

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    Tumba de Proteo

    Después de lo cual Menelao y sus compañeros apresaron a Proteo, y aunque Proteo se convirtió sucesivamente en león, serpiente, leopardo, jabalí, arroyo de agua, y frondoso árbol, ellos lo tuvieron fuertemente asido hasta que por último Proteo recuperó su forma y le dijo a Menelao ‘Hijo de Atreo,… ¿qué deseas ?’ Dejáron a Proteo en libertad y Menelao le preguntó, “Dime, pués nada ignoran los dioses, cual de los inmortales me detiene y me cierra el paso y como podré llegar a la patria hendiendo el mar en peces abundoso.”

    Proteo anunció que Agamenón había sido asesinado, y que Menelao debía visitar nuevamente Egipto y propiciar a los dioses con hecatombes.

    Esto Menelao debidamente hizo, y fue tan pronto como hubo erigido un cenotafio o monumento funerario, a Agamenón, al lado del rio de Egipto, que los vientos soplaron favorables por fin.
    Menelao de paso a Esparta, llegó a Micenas, acompañado por Helena, el mismo dia que Orestes vengaba la muerte de Agamenón.”

    Esta fábula alegórica nos enseña que aquellos que quieren desentrañar los secretos de la naturaleza, deben profundizar los problemas de las artes y de las ciencias para llegar, en una palabra, al conocimiento de la verdad, y por ello han de consagrarse con decidido entusiasmo y no dejarse jamás abatir por los obstáculos: la lucha les será, al fin, favorable y provechosa y el éxito coronará sus esfuerzos.

    En el lenguaje familiar, la palabra proteo se usa en sentido contrario y con ella designamos un hombre voluble, inconstante, ambiguo, que cambia de opinión a cada momento.

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    Grabado de madera donde podemos ver a Proteo. Libro de emblemas de Andrea Alciato (1531) como Emblema CLXXXIII (183).

    Información de Mitología 2001


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  • Himeneo o Himen

    Clasificado en Mitología Griega por Bender el 7 de Marzo del 2008

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    Himeneo, hijo de Venus (Afrodita) y Baco, presidía las bodas y las fiestas nupciales. Le representaban en la figura de un joven vestido cuidadosamente, coronado de rosas y sosteniendo con la mano derecha una antorcha.

    El día de las nupcias, se entonaban himnos en su honor y a cada estribillo se repetía, a coro, su nombre: ¡Himeneo! ¡Himeneo! De esta forma, se hacía llamar a este Dios para que asistiese al evento y trajese buena suerte.

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    Al ofrecerle sacrificios cuidaban mucho de sacar la hiel de las entrañas de la víctima y arrojarla a lo lejos, queriendo con esto significar a los esposos que debían abstenerse de las querellas y de las palabras airadas, por las cuales la paz doméstica se ve tan frecuentemente comprometida.

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    De Himeneo, procede la palabra “himen”, e igualmente se llama a este Dios por dicho nombre.

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    Himeneo en el centro junto a Anfititre montado en un caballito de mar, y ambos rodeados por tritones.


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  • Estrenos de cartelera: Los increíbles
  • Vesta o Hestia
  • Apolo o Febo

    Clasificado en Mitología Griega por Bender el 23 de Enero del 2008

    Apolo de Belvedere representado como arquero Leocares, data del siglo IV a.C
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    Apolo o Febo (Febo o Phoebus es la forma latina y apodo del griego Phoibos, que significa brillante) es el que conduce el carro del Sol, y se toma muchas veces por el Sol mismo. Nació en la isla de Delos, que es una de las Cíclades; su madre fue Latona (Leto) y su hermana, Diana.

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    Apolo y Diana por Lucas Cranach el Viejo

    El primer combate que dió ocasión a que Apolo hiciera uso de sus flechas, fue cuando exterminó la serpiente Pitón, que devastaba la campiña de Tesalia. La piel de este animal servía para cubrir el trípode en que se sentaba la sacerdotisa de Delfos.

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    Apolo y la serpiente pitón, por Peter Paul Rubens, data de 1636/1637

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    Tripode

    Apolo estaba orgullo de esta victoria, y se atrevió a desafiar al Amor y sus dardos. El hijo de Venus sacó de su carcaj dos flecha, una de las cuales terminaba en una punta de oro e infundía el amor, y la otra tenía la punta de plomo e inspiraba el odio o el desdén.

    Cupido dirigió la primera contra Apolo y disparó la segunda a Dafne, hija del río Peneo. Inmediatamente el dios sintió una violenta pasión por la hermosa ninfa, y ella, lejos de corresponder a sus ternuras, huyó rápidamente y se ocultó a sus miradas.

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    Apolo corrió tras ella, a través de la pradera por donde serpenteaba el río, y cuando estaba a punto de alcanzar a Dafne, esta se rindió por la fatiga e imploró la ayuda de Peneo, que la transformó en laurel.

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    Apolo persiguiendo a Dafne, la cual se transforma en laurel

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    Apolo sólo pudo estrechar entre sus brazos un tronco inanimado. Este árbol hizo desde entonces sus delicias; lo adoptó como símbolo, arrancó del tronco algunas ramas y con ellas tejió una corona, queriendo que así en los siglos venideros, el laurel fuese la halagadora recompensa por la que suspirasen los poetas, los artistas y los guerreros.

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    Otras desgracias le esperaban aun: presenció la muerte de su hijo Esculapio, famoso médico a quien Júpiter aniquiló con sus rayos, castigándole así por haber resucitado a Hipólito, hijo de Teseo.

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    Apolo, que no se atrevía a tomar venganza en la propia persona de Júpiter, dio muerte a los Cíclopes que forjaban el rayo, pero esta atrocidad recibió el merecido castigo, pues el dios fue arrojado del cielo y condenado a vagar errante sobre la tierra, sujeto a los mismos infortunios y desgracias que los simples mortales.

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    Entonces fue cuando Apolo se puso a sueldo del troyano Laomedón, y cuando buscó asilo junto a Admeto, rey de Tesalia, donde, convertido en simple pastor, guardó durante muchos años los rebaños de este príncipe leal y hospitalario.

    Jacinto, hijo de Amiclas, era el amigo íntimo de Apolo. Este dios, para gozar de su presencia más a menudo, se había prestado a enseñarle a manejar el arco y a tocar el laúd. Céfiro sentía por el joven Jacinto especial estima, sin conseguir ser correspondido por el mismo, que sólo tenía para Apolo pruebas continuas de confianza y afecto. Céfiro, a quien los celos atormentaban cruelmente hasta cegarle, no retrocedió ante el crimen.

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    Apolo y Jacinto

    Un día que el feliz rival jugaba con Jacinto, Céfiro desvió el disco y lo dirigió contra la sien del joven con tal violencia que le causó la muerte. Apolo aplicó en vano sobre las heridas, las plantas de más virtud curativa reconocida; su amigo expiró a los pocos momentos y fue transformado en una flor que lleva el nombre de Jacinto.

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    Apolo y Jacinto, de Jacopo Caraglio. Grabado italiano del siglo XIV

    Apolo reunía cuanto se necesitaba para agradar: a las cualidades del espíritu se unían la belleza del cuerpo, la lozanía de la juventud, una voz encantadora y un porte majestuoso: pero a pesar de tantas perfecciones no conseguía lograr el amor de mujer alguna.

    Coronis, Deífobo, Casandra y otras mujeres le despreciaron y aun su talento fue tenido en poco por un sátiro llamado Marsias.

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    Marsias, natural de Frigia, era un músico notable que habiendo hallado junto a una fuente la flauta que Minerva arrojó, supo modular con ella sonidos muy dulces. Orgulloso de los elogios de que era objeto, se atrevió a lanzar a Apolo un insultante desafío, que le fue aceptado, pero bajo la condición de que “el vencido se pondría a disposición del vencedor”.

    Los habitantes de Nisa fueron designados jueces del pleito. Marsias fue el primero que, colocándose en medio de la multitud, arrancó a su flauta sones maravillosos, con los que imitaba a la vez el gorjeo de los pájaros, el murmullo de las fuentes, la voz imperceptible de los ecos, los silbidos del huracán, el alegre vocerío de los borrachos…

    La asamblea maravillada aplaudió entusiastamente, y Apolo, sin dejarse deslumbrar por estas clamorosas demostraciones de aprobación, acompañándose con su lira impuso silencio entonando un preludio melancólico.

    Después se entregó al arrobamiento que su arte le producía, e infundió en todos los corazones el delirio de la más delicada sensación estética. Apolo tejió su canto con estas palabras: “Ariadna abandonada en una isla desierta, Ariadna plañidera y gemebunda, Ariadna que se reprochaba haber abandonado a su padre, hermana y su patria por un amante voluble, Ariadna que tenía por únicos testimonios de su pena los peñascos insensibles y las olas en perpetuo mugido, Ariadna, en fin, cuya llama sobrevivía aun a la traición del pérfido ateniense”.

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    Apolo y Marsias, de José de Ribera, data de 1637

    Las lágrimas brotaron de los ojos de todos los presentes y le adjudicaron el triunfo. Pero su crueldad empañó la gloria a que se había hecho acreedor; cogió a Marsias, le ató al tronco de un abeto con las manos ligadas a la espalda, y lo desolló vivo.

    Su muerte causó duelo universal. Los Faunos, los Sátiros y las Dríades, le lloraron amargamente, y sus abundantes lágrimas engendraron un río de Frigia que por esto recibió el nombre de Marsias. Después de un largo destierro, Apolo fue llamado de nuevo al Olimpo y Júpiter le repuso en su primer cargo.

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    Santuario de Apolo en Delfos

    Apolo es, entre todos los dioses, al que los poetas han atribuido mayores maravillas. Era el dios de la Medicina, el creador de la Poesía y de la Música, el protector de los campos y de los pastores y el que en más alto grado poseyó el conocimiento del porvenir.

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    Vista del Monte Parnaso desde el Santuario de Apolo en Delfos.

    Grecia e Italia sentían respeto por sus oráculos, siendo los más célebres los de Delos, Ténedos, Claros, Patara y sobre todo el de Delfos. Los habitantes de la isla de Rodas levantaron en su honor una colosal estatua de bronce que era considerada como una maravilla.

    Apolo, en su cualidad de dios de la poesía, instruía a las Musas y con ellas convivía, ya en las cimas del Parnaso, del Helicón y del Pindo, ya en las orillas floridas del Permeso y de la fontana Hipocrene.

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    Apolo y las musas

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    Como dios de las artes, le representaban bajo la figura de un joven imberbe, con cabellos flotantes, con una lira en la mano y una corona de laurel ceñida a la frente. Como dios de la luz le representaban coronado de rayos, recorriendo los cielos montado en un carro tirado por cuatro caballos blancos.

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    Sus hijos más renombrados fueron: Aurora, Esculapio, la famosa maga Circe, Lino, que fue maestro de orfeo, y Faetón, cuya trágica muerte merece ser referida aparte.

    Faetón, hijo de Apolo y Clímene, tuvo cierto día un vivo altercado con Epafo. En el calor de la disputa llegaron a injuriarse con palabras duras y Epafo se atrevió a reprochar a Faetón que no era hijo del Sol. “Tu origen no nos es desconocido, tu frágil madre ha fingido unos amores divinos para legitimar mejor su desarreglada conducta.”

    Faetón se sintió ultrajado por este reproche y corrió a casa de Clímene, a la que comunicó exaltado: “Alguien ha puesto en duda lo celestial de mi nacimiento y aun ¡oh madre!, se ha atrevido a atacar vuestro honor. Vengaos y vengadme, o si no decidme lo que procede hacer en tal caso.”

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    Al momento fue concebido el plan conveniente. La madre aconseja a Faenón que pida al Sol que le permita guiar su carro aunque sea por un sólo día a fin de poder así probar a sus calumniadores su celestial alcurnia. Featón acudió a la morada del Sol, le refirió la afrenta que le había sido inferida y le suplicó que le concediera el favor de demostrarle al mundo entero que era realmente su hijo.

    El Sol, que sentía por Faetón tierno afecto, le juró por la laguna Estigia que ninguna de sus peticiones sería desatendida. “Pues bien, padre mio, dejad que por un solo día conduzca yo el carro de la luz: por esta prueba de vuestra ternura conocerán mis enemigos que sois el autor de mi ser.” Febo había jurado por las aguas estigias y su juramento debía ser irrevocable.

    Intentó, pues, disuadir a su hijo de una empresa tan peligrosa, pero viendo que todas sus objeciones resultaban inútiles y que el joven se obstinaba más y más, llamó a su presencia a las Horas matinales y éstas acudieron precedidas de la Aurora.

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    Apolo concede el carro a Faetón, por Nicolás Poussin, Museo Staatliche de Berlin, data de 1630

    Engancharon los corceles al carro del Sol, Faetón subió a él lleno de orgullo, empuñó las riendas centelleantes y apenas se dignó a escuchar como su padre le advertía: “En tu vuelo, no seas excesivamente tímido o demasiado audaz; evita llegar al Cielo o descender hasta la Tierra, sigue un camino equidistante, el único que te conviene.”

    Apolo hablaba aun y el presuntuoso Faetón se cirnió veloz a través de la bóveda azulada. Los impetuosos corceles, que no sentían la mano de su amo, de desviaron del camino acostumbrado y tan pronto se elevaban demasiado, amenazando abrazar el cielo con su fuego, como descendían excesivamente secando el agua de los ríos.

    Entonces fue cuando los etíopes tomaron el tinte negro que aun hoy conservan y desde aquel momento los desiertos de África perdieron para siempre su vegetación. La Tierra, calcinada hasta lo más profundo, gimió y se agitó, levantando hasta el cielo su cabeza ardiente y conjurando al rey de los dioses a que pusiera fin a tales tormentos…

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    La caida de Faetón, por Jan Van Eyck

    Alarmado Júpiter, echó mano de un rayo y mató al hijo de Clímene. Y mientras los corceles acababan al azar la carrera del día, Faetón, juguete de los vientos y los rayos, cayó hecho un torbellino en el Erídano. Sus hermanas no pudieron sobreponerse a su desesperación y quedaron convertidas en díamos. Cicno, amigo de Faetón, sucumbió al peso del dolor y se transformó en cisne.

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    De esta fábula se deducen dos moralejas: Faetón representa un ambicioso que acomete empresas superiores a sus fuerzas; el Sol es la imagen de los padres excesivamente débiles que no se atreven a negar nada a sus hijos y les ocasionan la muerte por una tonta condescendencia.

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    La caida de Faetón por Johann Liss, data del siglo XVII

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    Apolo y las musas. Apolo ofreciendo una bebida a la musa Caliope. También podemos ver a las demás musas y a varios escritores. Por Nicolas Poussin, 1631-1632, podemos encontrarlo en el Museo del Prado, Madrid.

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    Apolo sentado en una silla de tijera con la lira en la mano izquierda procediendo a una libación


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    Marte en Villa Hadriana.

    Marte, o Ares para los griegos, era el dios de la guerra. En Olimpia se le veneraba bajo el nombre de Ares-Hippios y en Esparta como Ares-Enyalios (el belicoso).

    Fue hijo de Júpiter y de Juno según Homero y Hesiodo, aunque los poetas latinos cuentan que después que Júpiter hizo salir a Minerva de su cerebro, Juno hizo que Marte naciera del contacto de una flor en los campos de Olene, ciudad de Acaya.

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    Marte desarmado por Venus y las Gracias. De Jacques-Louis David, data de 1824. Está en el Museo Real de las Bellas Artes de Bruselas.

    Marte fue educado por uno de los Titanes, que le enseñó la danza y los ejercicios corporales. Antes que viniera al mundo, los hombres luchaban a la ventura, armados solamente con garrotes y piedras, sin táctica y sin orden. Marte fijó reglas precisas para el ataque y la defensa, simplificó, en principio, el arte de matarse unos a otros, y el hierro que hasta entonces se destinaba a usos ordinarios fue transformado en espadas y puñales.

    Marte desplegó un valor inaudito luchando contra los Gigantes, pero cayó en una emboscada y fue hecho prisionero por los hijos de Aloos, que le abandonaron en el fondo de una calabozo, donde gimió prisionero por espacio de quince meses.

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    Marte combate con Minerva, de Joseph Benoît Suvée, data de 1771.

    Libertado por Mercurio, volvió al Olimpo y allí se esforzó por agradar a Venus. Su traje guerrero, el brillo de sus armas, su valor heroico daban a Marte, a los ojos de la diosa, singular belleza; ésta sentía su vanidad sobremanera satisfecha al ver postrado a sus pies a quien sembraba el espanto en los ejércitos. Su esposo, el cojo Vulcano, no tardó en sentirse celoso, quejándose de ello a Júpiter y éste acogió su justa queja.

    Marte abandonó el cielo, se retiró a Tracia y moró durante algún tiempo en este país, por el cual sentía especial estima y en el que era adorado como principal divinidad. De aquí marchó a Grecia; al llegar al Ática presenció los ultrajes que infería a su hija Alcipa el cruel Alirrocio, hijo de Neptuno, y no pudiendo contener su indignación, mató al agresor.

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    Marte por Diego Velazquez, data de 1641. Se puede ver en el Museo del Prado en Madrid.

    Neptuno citó a Marte para que compareciera ante un tribunal augusto que los atenienses acababan de instituir, para que fuese allí juzgado. El acusado expuso a los jueces el asunto con toda la simplicidad y franqueza de un soldado y se defendió con tal elocuencia, que fue absuelto. Entonces este tribunal tomó el nombre de Areópago, que quiere decir colina de Marte. Ares en griego significa Marte y pagos colina. En efecto, el Areópago se asentaba sobre la colina donde Marte tuvo el pleito.

    Después sobrevino la guerra de Troya dando con ello ocasión a que la bravura de Marte pudiera realizar nuevas proezas. Se alistó en las filas troyanas y allí combatió bajo las banderas de Acamas, rey de Tracia.

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    Marte (Ares) tratando de escapar de Vulcano (Hefesto), por Tintoretto, data de 1550 y se puede ver en Munich.

    El culto de Marte se hallaba muy difundido, sobre todo entre los romanos, pueblo belicoso que consideraba a este dios como el padre de Rómulo y el protector del imperio. Numa Pompilio instituyó en honor de Marte un colegio de doce sacerdotes llamados salios, cuya principal misión consistía en velar por la conservación de los escudos sagrado.

    Cuando los cónsules partían para la guerra, iban al templo de Marte para orar y ofrecer sus votos, se acercaban solemnemente a la imagen del dios y tocando su lanza exclamaban: “¡Dios de la guerra, protege esta república!”

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    Marte y Venus con los angelitos, de Carlo Saraceni. Data de 1615 y se puede ver en el Museo Thyssen-Bornemisza.

    En las fiestas que se celebraban en su honor, se sacrificaba un caballo como símbolo del ardor militar y a veces un lobo como emblema del furor. Le estaba consagrado especialmente el martín pescador por ser un ave que tiene fama de valerosa.

    Se representa a Marte bajo los rasgos de un hombre joven aun, de feroz mirada y andar precipitado. Su vestido es el de un guerrero; un casco protege su cabeza, y su pecho descubierto parece provocar los ataques del enemigo.

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    Ares y Afrodita, fresco pompeyano del siglo I d.C.

    Con su mano derecha blande una enorme lanza; con su izquierda sostiene un escudo o sacude un látigo. A sus pies aparece un gallo. Se le ve sentado en un carro tirado por fogosos corceles guiados por él mismo o por Belona.

    Belona, diosa de la guerra y hermana de Marte, preparaba el carro que debía conducir a este dios al combate. Los poetas y pintores la representaban en lo más refinado de la pelea, despeinada, armada con un látigo ensangrentado y enardeciendo el coraje de los soldados en lo más arduo de la batalla.

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    Marte y Venus. Grabado de Cornelis Massys.

    Sus sacerdotes se llamaban belonarios. En las fiestas que dedicaban a su diosa, recorrían las calles como si fuesen hombres furiosos esgrimiendo en sus manos una espada o un cuchillo, con el cual se destrozaban el cuerpo. Cuando habían terminado sus carreras y sacrificios, el pueblo se apretujaba a su alrededor para consultarles; y sus respuestas eran consideradas como oráculos.

    La compañera inseparable de Belona era la Discordia, desterrada del cielo a causa de las continuas disputas y trastornos que entre los dioses promovía. Se representa a la Discordia con la cabeza cubierta de serpientes en lugar de cabellos, ostentando en una mano una antorcha y en la otra una culebra o un puñal.

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    Marte y Venus, data de 1816.

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    Marte y Venus, por Paolo Veronese. Data de 1570 y lo podemos ver en el Museo Metropolitano de Nueva York.

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    Marte castigando a Cupido, por Bartolomeo Manfredi. Lo podemos ver en el Instituto de Arte de Chicago. Data de entre los años 1605 y 1610.

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    Marte y Venus en el cuadro “El parnaso”, de Andrea Mantegna. Data de 1497.

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    Marte y Rea Silvia, por Peter Paul Rubens. Data de 1617 y lo podemos ver en el Museo Liechtenstein de Viena.

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    Marte y Venus, por Sandro Botticelli. Data de 1483 y lo podemos ver en la Galería Nacional de Londres.


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    Clasificado en Mitología Griega por Bender el 18 de Noviembre del 2007

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    Vulcano, o Hefesto para los griegos, era hijo de Júpiter y de Juno, y al venir al mundo, tal era su deformidad, que su padre lo precipitó (otra versión cuenta que salió en defensa de su madre Hera, contra Zeus) desde lo alto de los cielos horrorizado ante tanta fealdad.

    El aborto celeste fue rodando durante un día en el espacio y de torbellino en torbellino fue a parar, al caer la tarde, a la isla de Lemnos, cuyos habitantes, los Sintios, le recibieron de tal forma que sólo se rompió una pierna.

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    El hallazgo de Vulcano en Lemnos, de Piero di Cosimo, data de 1495-1505.

    Aunque Vulcano estaba privado de dones exteriores, era compensando abundantemente en los del genio: era el más industrioso de los inmortales. Con un poco de arcilla amasada con agua formó la primera mujer y supo embellecerla con tales atractivos, que los dioses invitaron a esta admirable criatura a que formara parte de su asamblea, la colmaron de dones y le dieron el nombre de Pandora.

    Después de este primer éxito Vulcano estableció en Lemnos dos fraguas considerables y en sus montañas fueron por primera vez pulimentados el oro, el hierro, el cobre y el acero.

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    Bajo su dirección se construyeron nuevos talleres en los antros de Lípari y en las cavernas del monte Etna: allí trabajaba Vulcano con sus cíclopes, cuyos nervudos brazos levantaban sin cesar los martillos detonantes. Estos cíclopes o herreros de Vulcano eran una raza de gigantes antropófagos que tenían solamente un ojo en medio de la frente.

    Después de haberse casado con Venus, diosa de la belleza, Vulcano no encontró en esta unión la felicidad que esperaba, pero Júpiter le indemnizó de los sinsabores que el amor le ocasionaba constituyéndole dios del fuego, honor al que tenía tanto más derecho cuanto que cada día veía salir de sus talleres alguna obra maestra.

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    Afrodita (Venus) era amante de Ares (Marte), dios de la guerra, en secreto. Un día, Apolo le comunicó dicha situación a Vulcano y este, loco por la rabia, fabricó una red de plata irrompible y practicamente invisible para atrapar a los dos amantes en el acto.

    Después Vulcano llamó a los demás dioses del Olimpo para reírse de los amantes atrapados, alguno de los cuales confesó que no le importaría estar en la piel de Marte. Vulcano castigó a los enamorados a permanecer atrapados hasta que terminaran el encuentro, pero escaparon en cuanto pudieron.

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    “La fragua de Vulcano” de Diego Velazquez. Data de 1630 y está en el Museo del Prado, Madrid. Vemos a Apolo con la sábana roja dejando su torso desnudo. Vulcano aparece reflejado como un mortal herrero, y a su vera se encuentran los cíclopes que le ayudan en su oficio. Apolo se está chivando del adulterio de su esposa Venus con Marte, al que casualmente Vulcano prepara una armadura.

    A ruego de Tetis fabricó para uso de Aquiles un casco, una coraza y un escudo que fueron el asombro y el espanto de los soldados troyanos. Solicitado por Venus forjó las armas de Eneas; por orden de Júpiter modeló aquel maravilloso escudo de Hércules que ninguna fuerza humana podía mellar ni romper.

    Entre sus obras más notables merecen mencionarse el mágico collar que regaló a Hermione, esposa de Cadmio, el cetro de Agamenón y los veinte trípodes provistos de ruedas, que, por sí mismos y sin recibir impulso alguno, se trasladaban al anfiteatro donde se reunían los dioses.

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    Vulcano forjando los rayos de Júpiter, de Rubens. Data sel siglo XVII y se expone en el Museo del Prado, Madrid.

    Ordinariamente se representa a Vulcano en su fragua bañado por abundante sudor, ennegrecida la frente por el humo, empuñando con una mano un martillo y con la otra el rayo, con el pecho siempre descubierto y llevando un extraño birrete. Su pelo y su barba aparecen desordenados, a veces se le representa con los pies al revés o cojo.

    Debido a su trabajo con el arsénico para endurecer el bronce, padecía una enfermedad de envenamiento (arsenicosis) .

    Sus hijos principales son: Cecrops, fundador y rey de Atenas; Erictonio, que vino al mundo con las piernas torcidas y que inventó los carros para ocultar su deformidad; y el bandido Caco, a quien Hércules mató en Italia.

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    Vulcano y Eolo, de Piero di Cosimo. Data de 1495-1500 y se expone en la Galería Nacional de Canadá, en Ottawa.


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    Clasificado en Mitología Griega por Bender el 27 de Octubre del 2007

    ceres-demeter-estatua.jpg ceres-demeter-statue1.jpg

    Ceres para los romanos, Deméter o Demetra para los griegos, es la diosa de los cereales y las cosechas. Esta diosa recorrió muchos países buscando a su hija Proserpina (Perséfone o Kore para los griegos), que Plutón le había arrebatado.

    Un día que esta madre infortunada atravesaba el Ática bajo la apariencia de una mujer vulgar, se detuvo cerca de Eleusis y se sentó sobre una piedra para descansar. Al verla la hija de Celeo, rey de Eleusis, y suponiendo por su decaido aspecto que alguna pena la mortificaba, se acercó a ella y le rogó que fuese a casa de su padre para reposar.

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    Ceres aceptó y se dirigió a la mansión real; Celeo le dispensó tan buena acogida, que la diosa, altamente reconocida a la sincera hospitalidad, devolvió la salud a su hijo Triptolemo que estaba aún en la cuna.

    No se contentó con esto la diosa, su gratitud le exigía hacer algo más: tomó a su cargo la educación de Triptolemo y quiso hacerle inmortal. A este efecto, durante el día le alimentaba con su leche y por la noche le tendía sobre carbones encendidos para despojarle de su condición mortal.

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    Ceres (Deméter), Venus, Cupido y Baco, por Peter Paul Rubens. La pintura data de 1612-13.

    El niño crecía visiblemente y de modo tan prodigioso que se apoderó de su madre la más viva curiosidad; por lo que quiso saber lo que pasaba durante la noche y qué mágicos procedimientos empleaba Ceres.

    Con este fin se ocultó en un rincón de la estancia y, al ver que la diosa se disponía a someter a su hijo al fuego depurador, lanzó un grito de espanto y quedó destruído el encantamiento.

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    Templo de Ceres (Deméter) y Proserpina (Perséfone o Kore) en Eleusis.

    No pudiendo ya Ceres darle al joven Triptolemo la inmortalidad, quiso por lo menos, que fuera amado por todos los hombres: le enseñó el arte de sembrar el trigo y de hacer pan, y le dio después un carro tirado por dos dragones para que recorriera los diversos lugares de la tierra enseñando el arte de la agricultura.

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    Ceres (Deméter) y Triptolemo.

    Al retornar Triptolemo de sus viajes, estableció en Eleusis, ciudad del Atica, el culto de Ceres, y al mismo tiempo instituyó fiestas en honor de esta divinidad bienhechora.

    Para ser iniciado en los misterios de Eleusis era preciso haber pasado por un noviciado que duraba por lo menos un año y de ordinario cinco, al cabo de los cuales quedaban admitidos a la autopsia, o sea, a la contemplación de la verdad.

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    Aspirar a este último estado significaba aspirar a la perfección. La ceremonia de la admisión se realizaba por la noche. Los iniciados se reunían junto al templo, en un cercado suficientemente espacioso para que en él cupiera una gran muchedumbre.

    Se coronaban de mirto, se lavaban las manos, escuchaban la lectura de las leyes de Ceres, tomaban un refrigerio y entraban en el santuario donde reinaba la más profunda oscuridad.

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    Cabeza de Ceres (Deméter) para ser anexada a la fachada de un templo. Data del siglo VI-V a.C.

    De repente la densa niebla era rasgada por una luz vivísima, apareciendo en medio de resplandores la estatua de Ceres magnificamente ataviada. Mientras la multitud llena de asombro se entregaba a transportes de admiración, la luz se extinguía, y las bóvedas del templo se poblaban de rayos deslumbradores que dejaban ver acá y allá espantosos espectros y monstruosas figuras. El estruendo de los truenos acababa por sembrar el espanto en el alma del iniciado.

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    Finalmente se restablecía la calma y se abrían dos grandes puertas que dejaban ver a la luz de las antorchas un delicioso jardín dispuesto para la danza, las fiestas y el placer. En este Campo Elíseo, era donde el hierofante o gran pontífice revelaba a los iniciados las cosas santas y el secreto de los misterios (el hierofante tenía que ser ateniense y pertenecer a la familia de los Eumólpidas). El que divulgase lo que había visto y oído cometía un horrendo crimen, y era castigado con la pena de muerte.

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    Ceres (Deméter) y Proserpina (Perséfone o Kore)

    En el Atica fué también instituída, con el nombre de tesmoforías, otra festividad cuyo objetivo era conmemorar las sabias leyes que Ceres había dado a los mortales. Las tesmoforias sólo podían ser celebradas por mujeres de reconocida distinción que anticipadamente habían de purificarse, abstenerse de toda diversión y vivir en la sobriedad más ejemplar.

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    No era permitido a los hombres asistir a dichas fiestas. Se celebraban éstas por espacio de cinco días, durante los cuales algunas doncellas vírgenes, vestidas con túnicas blancas, transportaban sobre sus cabezas, de Atenas a Eleusis, las sagradas canastillas que contenían un niño, una serpiente de oro, un harnero, algunos pasteles y otros símbolos.

    Se representa ordinariamente a Ceres coronada de espigas; también se la ha figurado empuñando con una de sus manos una antorcha encendida, o bien ostentando una amapola. Le inmolaban el cerdo, animal que gusta de hozar en los sembrados.

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    Ceres (Deméter), Venus y Juno

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    Ceres (Deméter) como una alegoría de Agosto. Esta pintura pertenece a un fresco de Cosimo Tura, y se puede ven en el Palacio Schifanoia, en la localidad italiana de Ferrara. Data del año 1469-70.

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    Ceres (Deméter), Baco y Cupido, por Hans von Aachen, se puede ver en el museo vienés de Kunsthistorisches.

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    Demeter y Persefone. anfora de pinturas rojas. Data del año 480 a.C.

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    Ceres (Deméter), Atenea y Hera.


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    Clasificado en Mitología por Bender el 21 de Octubre del 2007

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    La Loreley (Lorelay o Lorelai como también se le conoce en el idioma inglés o Lorelei que es la correcta grafía en el idioma español) es actualmente el nombre de un enorme saliente rocoso de poco más de 100 metros de altura que está situada a orillas del río Rhin en la zona del Taurus (Rheinland-Pfalz) en Alemania.

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    Hoy en día esta enorme roca es un punto de visita casi obligado para los turistas que llegan a la zona en cuestión, pues entre otras cosas, la vista a los pueblos colindantes desde dicho peñasco es hermosa e impresionante.

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    El otro motivo por el cual dicha piedra sigue siendo hasta la fecha famosa es porque es el punto de referencia de una antigua leyenda de la Europa de la Edad Media.

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    Durante la Edad Media era más o menos frecuente el hecho de que algunos de los barcos mercantes que surcaban las aguas del río Rhin colisionaran con la base del susodicho promontorio y acabaran naufragando, con lo que la tripulación en cuestión perecía ahogada.

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    Con el tiempo, el número de accidentes navieros en los que se vio involucrada la mencionada roca fue tan grande, que alrededor de ella se empezó a tejer una leyenda. Se empezó a rumorar que el susodicho pedrusco era frecuentado por una mítica sirena cuya belleza física y cualidades vocales eran de tal magnitud que cuando empezaba a susurrar sus hipnóticas canciones acababa por atraer a los navegantes hacía ella. De este modo, el barco de turno era guiado hacia la parte más peligrosa del caudal del río con el propósito explícito de que la embarcación se estrellara contra la fatal roca.

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    Se contaba además que mientras los infortunados tripulantes se ahogaban, la malvada ninfa del mar tranquilamente peinaba su largo cabello rubio, esbozando una sonrisa, como si nada estuviese ocurriendo. En este sentido se decía que los marineros literalmente caían rendidos a los pies de la sirena (o mejor dicho a sus aletas ).

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    Así pues el nombre Loreley (o Lorelay o Lorelai o Lorelei) es una combinación de la palabra alemana “lorlen” (que significa susurrar) y de la voz que los habitantes de la zona usan para denotar a las rocas o piedras “ley”, de modo tal que la etimología del nombre Lorelei puede ser entendido como “La roca del susurro”. Con el tiempo a la supuesta sirena, que al menos en teoría se aparecía cantando sobre la susodicha saliente, también se le dio el nombre de Lorelei.

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    Y aún ahora dentro del medio ocultista, intelectual y artístico, la imagen de esta legendaria sirena conocida como Lorelei sigue siendo uno de los iconos por excelencia de la mujer fatal, como el personaje interpretado por la actriz Sharon Stone en la película “Instinto básico”.

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    Fuente: Word Reference


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    Cuando los tres reyes hijos de Saturno: Júpiter, Neptuno y Plutón, se repartieron el mundo, a Plutón, como más joven que era, le asignaron la peor parte: el reino triste de los infiernos.

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    Los infiernos son las moradas subterráneas donde van las almas de los muertos para ser juzgadas y recibir la pena que por sus crímenes merezcan o la recompensa que por sus actos virtuosos sean acreedores.

    A la puerta se halla continuamente en vela un perro con tres cabezas llamado Cancerbero (o Cerbero), el cual con sus triples aullidos y sus mordeduras impide a los vivientes que entren allí y a las sombras que puedan salir. Las sombras son mitad almas porque son inmateriales y mitad cuerpos porque conservan la figura humana.

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    Si hemos de dar crédito a los poetas, el amplio espacio que ocupaban los infiernos estaba rodeado por dos ríos, el Aqueronte y el Estigio, que era necesario atravesar para poder llegar a la morada de Plutón.

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    La Barca de Caronte, 1932, por José Benlliure Gil.

    Pero el barquero Carón (Caronte) era un viejo feroz y rechazaba duramente y golpeaba con el remo a los desgraciados que habían muerto pero permanecían todavía insepultos; también maltrataba a todos los que no podían pagarle un óbolo, que era el precio del pasaje. A los demás les hacía sentar en su barca, los transportaba a la ribera opuesta y los entregaba a Mercurio, que les conducía ante el terrible tribunal.

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    Tres jueces estaban sentados en él y administraban justicia en nombre de Plutón y a su presencia; estos eran: Minos (antiguo rey de la isla de Creta), Eaco (rey de la isla de Egina) y Radamanto (hermano de Minos), los tres de una integridad a toda prueba; pero Minos era más sabio que sus colegas, gozaba de la preeminencia y empuñaba en su mano un cetro de oro.

    Cuando la sentencia se había hecho pública, los buenos eran introducidos en los Campos Elíseos y los malos eran precipitados en el Tártaro.

    El Elíseo o Campos Elíseos eran la morada que se destinaba a los buenos después de la muerte. Unas frondas en perenne verdor, la brisa embalsamada del Céfiro, praderas esmaltadas de flores embellecían esta afortunada región. Un jubiloso enjambre de pájaros cantaban melodiosamente en la espesura, y el sol no era jamás empañado por la más leve niebla.

    El Leteo serpenteaba con suave murmullo; una tierra fecunda rendía al año doble o triple cosecha y ofrecía, a su debido tiempo, flores y frutos. Allí no tenían entrada el dolor, la enfermedad ni la vejez, y a la bienandanza de que gozaba el cuerpo iba unida la ausencia de los males que pueden afligir al alma. La ambición, el odio, la envidia y las bajas pasiones que agitan a los mortales eran allí completamente desconocidas.

    El Tártaro, lugar destinado a los malvados, era una vasta prisión fortificada, guardada por un triple muro y circundada por un río de fuego llamado Flegetón. Tres Furias: Alecto, Meguera y Tisífone, eran las gondoleras de esta ígnea corriente; con una mano empuñaban una antorcha flamígera y con la otra un látigo sangriento, con el cual flagelaban sin tregua ni piedad a los malhechores cuyos crímenes exigían severos castigos.

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    Las Furias (erinias para los griegos) en el cuadro de William-Adolphe Bouguereau (1825-1905), “El remordimiento de Orestes” (1862)

    El Tártaro era el lugar donde se hallaban Titio, cuyo seno era roído por un buitre; Tántalo, corriendo sin cesar tras la onda fugitiva, y las Danaides, esforzándose por llenar un tonel sin fondo. Titio era uno de los gigantes, el cual ofendió a Latona, madre de Apolo, y fué muerto por este dios de un flechazo. Tántalo, que había asesinado a su propio hijo, estaba condenado a ser devorado por la sed a pesar de hallarse rodeado de agua y a tener siempre hambre aunque tuviese a su alcance un árbol de fruta. Las Danaides habían asesinado a sus esposos la noche de bodas.

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    Las Danaides

    En el Tártaro también moraban aquellos que habían odiado a sus hermanos, maltratado a sus padres, engañado a sus pupilos… aquí gemían los servidores infieles, los ciudadanos traidores a su patria, los avaros, los príncipes que habían suscitado guerras injustas…

    Todos expiaban sus faltas, todos quisieran volver a gozar de la luz del día para comenzar de nuevo una existencia apacible y llena de merecimientos. No lejos del Tártaro moraban los Remordimientos, las Enfermedades, la Miseria vestida de andrajos, la Guerra chorreando de sangre, la Muerte, las Gorgonas, que tenían serpientes en vez de cabellos, la Quimera, las Arpías y otros monstruos a cual más horribles.

    Aquí, desde hacía muchos años, reinaba Plutón cansado ya de su celibato. El horror que inspiraba su mansión, la repugnante fealdad de su aspecto y la dureza de su carácter, hacían que huyeran de él todas las diosas, ninguna de las cuales se avenía a ser su esposa, por lo que tuvo que recurrir a la violencia.

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    Estatua de Proserpina en Polonia

    Proserpina (o Perséfone para los griegos), hija de Ceres (Demeter para los griegos), vivía retirada en Sicilia, junto a las campiñas del Etna, y allí gustaba de pasar su juventud en paz e inocencia. Un día que se entretenía con sus compañeras cogiendo flores recién abiertas, Plutón la divisó y la raptó a bordo de un carruaje tirado por cuatro caballos negros, a pesar de sus protestas y de las amonestaciones de Minerva.

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    Rapto de Plutón a Proserpina

    Orgulloso con su presa, lanzó a todo correr sus caballos negros, abrió la tierra con un golpe de su cetro y se hundió en el reino de las tinieblas.

    Al tener Ceres noticia de esta desventura, partió precipitadamente en busca de su hija, recorrió las montañas, exploró las cavernas y los bosques, atravesó los ríos, encendiendo al llegar la noche dos antorchas para poder continuar su camino a través de la oscuridad en un viaje que duró 9 días y 9 noches.

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    Ceres, desolada, llegó a Eleusis, mientras la tierra se convertía en un manto seco y los cultivos se marchitaban, debido a la tristeza de su benefactora.

    Cuando llegó al lago de Siracusa, encontró allí el velo de Proserpina y comprendió que el raptor de su hija había pasado por aquel lugar; después supo por boca de la ninfa Aretusa que el audaz amante se llamaba Plutón, el mismo rey de los infiernos.

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    A tal noticia, Ceres subió a un carro tirado por dos dragones (el dragón como animal fabuloso, es una enorme serpiente alada, terrible como el león, rápida como el águila y que no duerme jamás) y atravesó la inmensidad del espacio, se presentó ante Júpiter con los ojos arrasados en lágrimas, el pelo desordenado y la voz alterada, pidiendo justicia.

    El padre de los dioses intentó calmarla, haciéndole ver que debía sentirse orgullosa de tener por yerno a un poderoso monarca, y al final le dijo: “Si, no obstante, vuestro deseo es que Proserpina os sea devuelta, no me opongo a ello, con tal que no haya comido nada desde que entró en los infiernos: tal es el fallo del Destino.”

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    Ceres, más veloz que el rayo llegó hasta las márgenes del Aqueronte, preguntando ansiosa a todos los que encontraba a su paso. Pero Proserpina acababa de echar mano de una granada ofrecida por Plutón, símbolo del matrimonio, y había comido ya algunos granos.

    Su retorno a la tierra era, por tanto, imposible, ya que quien come del mundo de los muertos, no regresa al de los vivos. No obstante, y a fuerza de ruegos, Ceres pudo obtener que su hija morase en los infiernos sólo durante seis meses del año y que pudiese pasar los otros seis sobre la tierra.

    Así por lo tanto, en primavera Proserpina vuelve al mundo exterior y su madre Ceres renueva y florece la naturaleza debido a la dicha que le invade, mientras que cuando Proserpina debe volver a bajar al mundo de los muertos en Otoño junto a Plutón, Ceres queda desolada y triste, comunicando este ánimo a los cultivos, plantas y árboles, los cuales pierden sus hojas o quedan marchitos.

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    Generalmente se representa a Plutón con semblante lívido, las cejas espesas, los ojos rojizos y la mirada amenazadora. Lleva en su mano derecha un cetro o una horquilla con dos puntas y en la izquierda ostenta una llave para indicar que es imposible salir de los infiernos.

    Su corona es de ébano, delatando por su color oscuro al dios de las tinieblas: algunas veces su cabeza va cubierta con un casco que le hace invisible. En algunas esculturas, aparecen sentadas a su lado las tres Parcas y a sus pies descansa el Cancerbero.

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    Plutón era la única de las divinidades superiores que no tuvo jamás templos ni altares. Se le sacrificaban víctimas negras cuya sangre corría hasta depositarse en una hoya. El ciprés y el narciso eran las plantas que le estaban especialmente consagradas.

    Proserpina se representa al lado de Plutón, sentada en un trono de ébano o sobre un carro arrastrado por caballos negros. En su mano ostenta flores de narciso. Bajo el nombre de Hécate, presidía los actos de magia y los encantamientos: ejercía su poder sobre el mar y la tierra, en el Tártaro y en los cielos.

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    Hades y Proserpina

    Pueblos, reyes, magistrados y guerreros invocaban su nombre, solicitaban su protección, y para tenerla propicia le ofrecían corderos, perros y miel. En honor de Hécate se celebraban todos los meses en Atenas unas fiestas llamadas hecatesias, durante las cuales los ricos de la ciudad ofrecían en las encrucijadas una comida pública, llamada comida de Hécate, destinada principalmente a los pobres de la localidad y a los viajeros indigentes.

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    Los poetas dan algunas veces a las regiones infernales los nombres de Ténaro, Erebo y Orco. El Ténaro era un promontorio de Laconia que tenía en uno de sus extremos una profunda caverna de la que salían tantos vapores negros e infectos, que la crédula imaginación del vulgo llegó a creer que allí se abría el vestíbulo del infierno.

    Se da el nombre de Erebo a la región más tenebrosa del imperio de las sombras; en lenguaje poético “la noche del Erebo” quiere indicar el sepulcro, la muerte, el infierno. Orco, uno de los sobrenombres que se dan a Plutón, ha sido también aplicado al mismo reino en que este dios ejerce su poderío: “bajar al Orco” vale tanto como decir que se desciende a la mansión de los muertos.

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    Orfeo frente Plutón y Proserpina

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    El rapto de Proserpina, 1636-38, Pedro Pablo Rubens. Madrid. Museo del Prado. Aquí se aleja de la tradición mítica que cuenta que Hades aparece procedente del Infierno para raptar a su sobrina cuando estaba sola en una pradera. El pintor nos muestra a las diosas Atenea en primer término, Hera y Artemisa detrás de ella, oponiéndose a la acción de Hades e intentando hacerle desistir. El dios está a punto de alcanzar su carro, ayudado en su intento por dos pequeños Cupidos. El carro está tirado por dos briosos corceles negros, cuyas riendas sostiene un Cupido y el otro se dispone a azuzarlos con el látigo. En el suelo yace el cestillo de flores que la joven diosa estaba cogiendo cuando se vió sorprendida. La escena refleja movimiento y violencia. La composición en diagonal claramente reflejada en la figura de Perséfone y reforzada por la posición del Cupido y la de los cuerpos de las diosas.

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    Hades y Kore (Perséfone)

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    Neptuno (Poseidón para los griegos), dios del mar, era hijo de Saturno y de Cibeles. En su juventud había tramado una conspiración contra Júpiter, el cual le arrojó del Olimpo y le relegó a la condición de simple mortal.

    Por aquel entonces Laomedón levantaba los muros de Troya y rogó a Neptuno que le ayudara en el duro trabajo de levantar fuertes diques que pudieran contener la furia de las olas.

    El dios se hizo albañil, trabajó a las órdenes del exigente monarca y aguantó durante muchos meses toda clase de fatigas y sinsabores.

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    Congraciado y reconciliado con su hermano, Neptuno se entregó con incansable celo al gobierno del imperio que le había sido confiado: rodeóse de hábiles ministros, les asignó diversos cometidos, promulgó sabias leyes y prometió a sus súbditos que administraría con equidad la debida justicia en beneficio de todos.

    Después quiso buscar esposa y sus ojos se fijaron en Anfitrite, hija de Océano, que era una ninfa de admirable belleza. La pidió en matrimonio a su padre, el cual acogió con gozo una proposición que le halagaba sobremanera.

    Pero la ninfa quiso antes de tomar decisión alguna, conocer al esposo que se le destinaba. Al verlo retrocedió: el tinte de su piel curtida, su túpida y desordenada melena y su viscosa barba le inspiraron profunda repugnancia.

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    Neptuno no se mostró sumiso y respetuoso con ella; en vano se esforzó para arrancar a su lengua las más delicadas protestas: todo fué inútil: nada pudo decidir a Anfitrite a aceptarlo por esposo.

    Triste, solitario y desanimado quedó Neptuno lamentándose amargamente de la crueldad de su suerte cuando un delfín que había sido testigo de su pena acudió a ofrecerle su intervención y sus servicios, y al efecto se presentó a la ninfa rebelde, le ponderó las riquezas del monarca como también lo dilatado de su imperio, los homenajes de que sería objeto y los palacios que le servirían de morada; la elocuencia del delfín triunfó por completo y le cupo la gloria de poder llevar a la ninfa Anfítrite ante su esposo.

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    Triunfo de Neptuno y de Anfitrite. Mosaico romano procedente de Cirta (Constantina) Final del siglo III d C. Paris. Museo del Louvre.

    Pero el poder de Neptuno no se limitaba solamente a los mares, lagos, ríos y fuentes, se extendía también a las islas, penínsulas, montañas y aun a los continentes, a los que ponía en conmoción según le placía.

    Las sacudidas violentas y los temblores de tierra eran obra suya. Se atribuye a Neptuno la creación del caballo, que es uno de los más bellos presentes que los dioses hayan podido hacer a los mortales; al crearlo enseñó también el arte de domarlo. Amansó al fogoso cuadrúpedo y lo hizo sumiso a la mano y a la voz del hombre.

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    Neptuno (1725 Museo de Arte Los Angeles County, California)

    Todos los pueblos rindieron culto a Neptuno, sintieron por él temor profundo y le levantaron a porfía estatuas y altares. Los habitantes de Libia le consideraron como su divinidad principal.

    En Asia Menor, en Grecia, en Italia y principalmente en las regiones marítimas, se le habían levantado innumerables templos. Era invocado por los navegantes, y los atletas, tanto de las carreras de carros como de las de caballos, le tenían por patrón especial.

    Los juegos ístmicos en Corinto y los consuales en Roma fueron instituidos en su honor. En los sacrificios que a él se le ofrecían eran inmolados un toro y un caballo. Los arúspices le ofrecían la hiel de las víctimas por guardar analogía con el sabor amargo de las aguas del mar.

    Neptuno suele ser representado en la persona de un anciano cuyo ancho pecho y carnosas espaldas están cubiertos con ropajes de color azulado. Lleva por cetro un tridente y le sirve de carro una vasta concha arrastrada por dos hipocampos o caballos marinos con dos patas.

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    Los tritones que forman su cortejo anuncian su presencia haciendo sonar una concha que es una especie de trompeta que se plega en varias curvas, cada vez más anchas, y cuyos sonidos se propagan hasta los confines del mundo.

    No deben confundirse los tritones con Tritón; éste manda, los otros obedecen. Tritón, hijo de Neptuno, tiene poder para encrespar las olas del mar o calmarlas; los tritones son sus subalternos sin autoridad ni importancia alguna, pero todos, tanto el señor como sus súbditos, son mitad hombre y mitad pescado y todos preceden al carro majestuoso del dios de las aguas arrancando a la concha extraños sones.


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    El nacimiento de Venus, por William Adolphe Bouguereau (1879)

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    El nacimiento de Venus, por Cornelis de Vos (1636)

    Venus (Afrodita para los griegos), diosa de la belleza y el amor, nació de la espuma del mar, provista de todos los encantos, y abordó a la isla de Citerea, donde fué acogida por las Horas, que la hicieron sentar en un carro de excepcional diafanidad y la transportaron al Olimpo; allí las Risas, las Gracias y los Juegos constituían su cortejo.

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    Venus dormida (1510), por Giorgione (Giorgio da Castelfranco)

    Homero creía que Venus era hija de Júpiter y Dione. Virgilio dio a Julio César el sobrenombre de Dionoeus, por descender de Venus por parte de Eneas, hijo de Anquises.

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    Venus Anadiomena (Tiziano, 1525)

    Un maravilloso ceñidor añadía aún nuevos encantos a su poder y a sus atractivos. Cuando se presentó ante los dioses quedaron éstos maravillados, y cada uno de ellos la pretendía por esposa. Júpiter concedió su mano a Vulcano, que acababa de inventar el rayo mediante el cual había sido posible exterminar a los Gigantes.

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    Pero Venus, diosa inconsiderada y frívola, enojada en extremo de tener por marido un herrero cojo, sucio y rudo, se mostraba complacida ante los halagos de que era objeto por parte de los cortesanos.

    El dios de los borrachos, el dios de los guerreros, Adonis, hijo de Myrrha, y muchos otros, consiguieron sin gran esfuerzo alegrarla en sus contrariedades.

    Adonis, apuesto doncel nacido en Arabia, amaba apasionadamente la caza y se entregaba a este ejercicio sin descanso a pesar de los ruegos de Venus que temía que fuese cruelmente devorado por las bestias feroces.

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    Venus y Adonis (Titian, 1555)

    Un día que se hallaba cazando en el monte Líbano, enardecido por su misma valentía, se olvidó de los consejos de la diosa y después de herir un jabalí fue perseguido por el furioso animal, que al alcanzarle le derribó y le hizo pedazos.

    Venus acudió en socorro de su amante cuando era ya demasiado tarde, ya que Adonis había muerto. La diosa regó su sangre con néctar y la convirtió en una flor llamada anémona; pero incapaz de soportar el dolor que esta pérdida le producía, suplicó al rey de los dioses que su querido Adonis recobrase la vida y le fuese devuelto.

    La ley del destino se opuso a ello y solamente le fue concedido que podía pasar cada año seis meses en la tierra y seis meses en los infiernos. Le levantaron templos, le elevaron a la categoría de los dioses y en su honor fueron instituidas las fiestas llamadas adonías; éstas se celebraban durante ocho días: los cuatro primeros se pasaban en fúnebres ceremonias y los otros en desbordantes regocijos, para conmemorar a la vez la muerte y la apoteosis del favorito de Venus.

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    Venus y Adonis

    El culto de esta divinidad era universal, pero no le sacrificaban víctimas, y sus altares no eran jamás manchados con sangre; se contentaban con quemar incienso y perfumes. Sus templos principales eran los de Pafos, Amatonte e Idalia en la isla de Chipre; los de Gnido en la Caria; el de Citerea en el Peloponeso y el del monte Erix en Sicilia (de aquí vienen los nombres de Cipria, Citerea y Ericina dados a Venus.)

    El escultor Praxíteles hizo para los habitantes de Gnido una estatua de Venus, considerada como una obra maestra.

    Algunos artistas representaban a Venus sentada en un carro arrastrado por palomos, cisnes o pájaros; una corona de rosas y mirto circunda sus blondos cabellos. El mirto era el arbusto de su predilección.

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    Venus y Adonis (Peter Paul Rubens, 1615)

    Cupido o el Amor, hijo de Venus, dios maligno, seductor y engañoso, apenas vino al mundo cuando Júpiter, previendo los daños que este niño podía causar, mandó a Venus que le hiciese desaparecer.

    Esta, para ocultarle de las miradas del señor de los dioses, le ocultó en lo más denso de los bosques, y allí Cupido fue amamantado por los leones y los tigres. Cuando se sintió robusto, construyó un arco de fresno y con madera de ciprés hizo sus flechas. Se ejercitó en el tiro contra los animales que le habían amamantado y se adiestró en el arte de hacer víctimas de sus dardos a los hombres.

    Los monumentos de la antigüedad representaban ordinariamente a Cupido bajo la figura de un niño que se divierte en los juegos propios de su edad, ya haciendo rodar un aro, bromeando con las ninfas, persiguiendo una mariposa o agitando su antorcha; también entreteniéndose a los pies de su madre tocando el laúd o aparece abrazando fuertemente un cisne.

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    Venus y Cupido (Alessandro Allori, 1570)

    Algunas veces se le representa con un pie en el aire como si pensara