Howard David Johnson es un ilustrador que a través de sus dibujos tan realistas, nos adentra en un mundo de personajes fantásticos, magicos, históricos y mitológicos. En esta entrada, os muestro el gran trabajo que ha hecho en su serie de hadas, unos seres bellos y místicos donde los haya, en sintonía con la naturaleza.
“En traje y espada”, de Edouard Manet, con Victorine Meurent posando, 1862
Victorine Meurent era una joven francesa, hija de una modesta pareja de artistas, que siempre soñó con ser pintora. A los 16 años empezó a trabajar posando como modelo, pero la necesidad la empujó a la prostitución.
Su juventud la hizo una pieza muy cotizada para los maduros clientes del local donde estaba empleada, uno de los más famosos burdeles parisinos. Su mayor talento sexual, según los cronistas, era masajear todo el cuerpo de sus clientes con sus carnosos senos, convirtiéndolo en su especialidad erótica.
Pronto pasó a ser musa impresionista al servir de inspiración al pintor Edouard Manet, quien, fascinado por su cobriza cabellera, la convirtió en su amante y su modelo preferida. De este modo, quedó inmortalizada en varios lienzos; entre ellos: “El almuerzo campestre” y “Olympia”, que pueden admirarse en el Museo del Louvre.
Pero Victorine no se limitó a retozar con su protector y a posar desnuda para él. Aprendió la técnica de su arte y, con los años, ella también se convirtió en pintora. Logró cierta notoriedad con el lienzo “Un burgués de Nuremberg”. Aunque tristemente, ninguna de sus obras ha podido perdurar hasta nosotros.
“El almuerzo campestre”, de Edouard Manet (The Picnic - Le Déjeuner sur l’Herbe - 1862 / 1863 Museo de Orsay, en Paris, Francia)
“Olympia” , de Edouard Manet, con Victorine Meurent posando desnuda, 1863 (Museo de Orsay, Paris, Francia)
Con motivo del “Año de un millón de sueños”, la fotógrafa Annie Leibovitz realizó unos trabajos para Disney en su serie “Retratos de sueños Disney” donde muchos personajes famosos, aparecían personificando míticos personajes de la factoría Disney.
Consta de 14 páginas y Annie expresó: “Ha sido muy excitante tener la oportunidad de recrear los personajes que todos amamos de pequeños. Las historias son reales para mis niños ahora, y su creencia en ellas me inspira”.
Rachel Weisz como “Blancanieves”.
Roger Federer como “El Rey Arturo”.
Julie Andrews como el Hada Azul de “Pinocho” con la actriz Abigail Breslin como Fira de “Hadas Disney”.
Scarlett Johansson como “Cenicienta”.
Beyoncé como “Alicia en el país de las maravillas”.
David Beckham como el Príncipe Phillip de “La bella durmiente”.
Julianne Moore como Ariel de “La sirenita”.
Jennifer López y Marc Anthony como Yasmín y Aladino de “Aladdin”.
Jessica Biel como “Pocahontas”.
Gisele Bundchen como Wendy, Tina Fey como Campanilla y Mikhail Barishnikov como Peter de “Peter Pan”.
Whoopi Goldberg como el genio de la lámpara.
Vídeo donde vemos cómo se hicieron las diferentes sesiones fotográficas.
Este fotógrafo natural de Montreal, fue primeramente conocido por su trabajo de retratos de famosos arrestados titulado “Hidden celebrities” (Famosos ocultos) en los años 80. En 1993, Marcus empezó a pasar la mitad del año en la ciudad India de Banaras.
Inspirado en la vieja casa de 200 años de esta antigua ciudad, empezó a fotografiar a la gente de allí, desde el santo varón a celebridades como realeza de Adivasi. Cada año, pasa 6 meses en la India trabajando fuera de su estudio y viajando, instalando estudios provisionales en los pueblos que visita para poder negociar en los retratos que realiza a numerosas personas de la India.
Desde 1999, Marcus se trasladó a Chottanagpur, en Jharkhand, donde se ha centrado en los Adivasis de la India.
Estas son las fotografías correspondientes a su trabajo “Hidden celebrities” (Famosos ocultos):
El fotógrafo canadiense Marcus Leatherdale ha estado exhibiendo más de 20 años en galerías por todo el mundo. Sus trabajos han sido publicados en revistas como The New Yorker, Vanity Fair, Details y Elle Decor, o publicaciones como Artforum e Interview, y está en colecciones permanentes en museos como el Instituto de Arte de Chicago y el Museo de Arte Moderno de Viena, en Austria.
Estas imágenes que hay a continuación, pertenecen a la serie “Fotografías de Nueva York”, y forman parte de sus trabajos de 1981 a 1997.
Me hago eco de esta novedad de Arte y Fotografía en la que Françoise y Daniel Cartier, combinan la técnica fotográfica arcaica con objetos que forman parte integral de la vida contemporánea y la moderna sociedad de consumo.
Aunque las marcas están presentes de manera tangible en el papel, su rastro parece más la imagen que nos queda en la mente inmediatamente después de haber cerrado los párpados.
Ayami Kojima (小島 文美) es una ilustradora y artista conceptual japonesa, muy conocida por sus trabajos en la serie de videojuegos “Castlevania” (”Akumajo Drácula” en Japón) de la compañía Konami. Ayami siempre ha agradecido a Konami y el equipo de Castlevania, la experiencia de haber trabajado en un equipo tan unido y en el que siempre tuvo peso en el desarrollo del mismo.
Siempre se ha considerado autodidacta y le encanta leer mangas shonen, las películas de terror y la cirugía, lo cual le inspira para recrear esos ambientes oscuros y espeluznantes.
Ayami ha conseguido con el tiempo, crear un sello muy personal en todas sus obras que se han plasmado en varios libros de ilustraciones, como en la serie “Japanese Color Kingdom” o en las apariciones de los especiales sobre técnicas usadas por artistas de la revista “Comickers”.
Alucard (Drácula al revés) es quizás el personaje más celebérrimo de las creaciones de Ayami. Los primeros trabajos de Ayami, consistieron en el diseño de portadas de novelas, y ocasionales ilustraciones en blanco y negro para su interior. Antes de participar en los diseños de videojuegos, ya había trabajado en ilustraciones para novelas como Majin, Cluster Saga o Nobunaga’s Ambition.
Los medios con los que trabaja Ayami en sus ilustraciones y pinturas, incluyen el uso de pasta de modelar, Conté Crayon, acrílicos, tinta china, esmalte de polimero medio, tratamiento de tocones y difuminación con dedo.
El boceto y la composición recae en en el Conté crayon. Las sombras se oscurecen en monocromo usando tanto Conté como tinta china. La composición de color queda entonces fijada usando acrílicos diluidos. Y los aspectos de textura tridimensionales, en la mayoría de sus pinturas, se logran usando pasta de modelar y una espátula.
Al añadir colores fuertes, se crea un aspecto de gradación de brillo añadiéndole agua y usando la destreza de los dedos de Ayami para emborronar, efecto que se puede distinguir en la mayoría de sus obras.
Una vez que la base de pintura está terminada. se aplican pinturas metálicas con una espátula. Los brillos y reflejos se ensalzan usando esmalte de polimero medio.
Sus trabajos artísticos para la franquicia de Castlevania, suelen estar caracterizados por una atmósfera gótica, recargada y elegante, creada por una mezcla de oscuridad y tonos vividos, los cuales quedan en contraste con el color pálido de las pieles de los personajes y otros tonos suaves. También suele incluir en los personajes masculinos, aspectos delicados en su apariencia.
El principio de la fama de Kojima comenzó con el lanzamiento de “Castlevania Symphony of the Night” para la Playstation en 1997. Los fans pronto se rindieron a sus pies y se aseguró el trabajo en posteriores ediciones, como “Castlevania Chronicles”, una nueva versión del clásico de 1993 para Sharp X68000 que sólo fue publicado en Japón. Posteriormente creó los diseños conceptuales para “Harmony of Dissonance” y “Aria of Sorrow” de la Game Boy Advance, o “Lament of Innocence” y “Curse of Darkness” para la PlayStation 2.
Julia de “Castlevania Curse Of Darkness”
Ayami Kojima ha participado en los diseños de estos videojuegos:
- Söldnerschild (Koei, 1998)
- Castlevania: Symphony of the Night (Konami, 1997)
- Castlevania Chronicles (Konami, 2001 re-release)
- Castlevania: Harmony of Dissonance(Konami, 2002)
- Castlevania: Aria of Sorrow (Konami, 2003)
- Castlevania: Lament of Innocence (Konami, 2003)
- Castlevania: Curse of Darkness (Konami, 2005)
- Castlevania: Double Pack (Konami, 2006)
- Castlevania: The Dracula X Chronicles (Konami, 2007)
Aquí un vídeo donde podemos ver varias pinturas de Ayami Kojima para la serie Castlevania, aderezadas con las soberbias e inquietantes composiciones musicales de Michiru Ayame como acompañamiento.
Y esta es una galería donde vemos el buen hacer de Ayami Kojima en el diseño de los personajes de “Castlevania Symphony Of The Night”.
Imagino que a estas alturas muchos de vosotros conoceréis ya su nombre, y puede que también algo de su obra, por el simple hecho de tener inquietudes artísticas en general, cierto afán autodidacta, o puede que en gran parte debido una vez más, como no, a Madonna, por mostrar parte de su obra en algunos de sus míticos videos y giras mundiales, cuando todavía era una auténtica desconocida para el gran público, y de la cual, la propia Madonna, junto con Jack Nicholson y Barbra Streisand, (a pesar de haber subastado hace algunos años varios de sus cuadros), son grandes conocedores y coleccionistas de su obra.
Pues bien, me gustaría compartir con todos vosotros mi gran pasión por esta genial y a pesar de todo aún “desconocida” artista, ya que aunque parezca increíble, a día de hoy, su bibliografía es casi inexistente, y su biografía, confusa…, por lo que en un enorme ejercicio de audacia, he decidido resumiros un poco todos los datos que he ido recopilando y de los que dispongo en estos momentos sobre su vida y su obra para conocer mejor a esta hedonista, sibarita, excéntrica, inteligente, atractiva y ambiciosa mujer y artista, rodeada a lo largo de toda su vida de un cierto halo misterioso y ambiguo que conservó hasta su vejez, ya como una respetable gran dama, y que siempre se mantuvo unida a una élite intelectual, artística y económica.
Autorretrato en Bugatti, 1925
Son los felices Años Veinte…, los increíbles Années Folles, Coco Chanel propone una “Garçonne” que conduce, fuma y bebe con absoluta despreocupación. ¡Hay que ser snob! Moverse y amar la fugacidad, todo rápido y sin pensar, lo importante es no parar…, es la erótica de la velocidad. El “tout le monde” se reune en el casino, el club de moda o el cabaret, y se busca sin descanso la felicidad.
Al inicio de esos años locos llegó a París una pintora que afirma ser de origen polaco, y cuya aureola mundana se impuso a los propios cuadros. En una Europa de entreguerras, también marcada por la depresión, el arte, recupera con ella la dulzura de los sentidos, la sensualidad y el erotismo.
Una artista de la que casi todos conocemos su autorretrato, ¿quién no ha visto alguna vez su insinuante rostro tras el volante de un Bugatti verde?, y que algunos confundieron e identificaron en su momento como Isadora Duncan, tal vez por la relevancia de un coche en sus vidas, pero son pocos los que recuerdan su nombre y menos aún los que han podido disfrutar del conjunto de su obra; una obra dispersa y fragmentada, que pertenece en un alto porcentaje a colecciones privadas y solo ocasionalmente ha podido ser reunida para exposiciones antológicas, como ocurrió en 1972 en París, la primera gran antológica sobre su obra, pero que se limitó solo a su época parisina, - que la hizo de nuevo famosa y la rescató del olvido siendo ya una venerable anciana después de más de 30 años de su marcha a EEUU-, muy similar a la que en este pasado verano del 2004, le organizó la Royal Academy of Arts de Londres, y que ahora se encuentra en Viena.
También pudieron verse retrospectivas de su obra, en 1981 en Tokio, en 1994 en Villa Medici, Roma, y en 1997 en el Museum of Fine Arts of Hiroshima.
Estoy hablando de Tamara de Lempicka…, una mujer que atraviesa con rapidez la bohemia de Montparnasse, y el anonimato, para entrar en un mundo de élite. Elegante y sensual, enamora a la alta sociedad parisina y permanece ajena al febril ritmo del charlestón y a las masificadas calles desbordantes de luces y risas. Permanecerá unida a círculos minoritarios, refinados y cultos que apuestan por lo nuevo mediante una simbiosis de la sofisticación del “bon gout” y el funcionalismo del “spirit nouveau”.
Rodeada de lujo, se convierte en la retratista de moda de una aristocracia y burguesía que los refleja con un extraño realismo, serenidad y voluptuosidad, impecables y perfectamente vestidos, muestra evidente del elitismo y el reflejo de su propia vida, y aún siendo muy joven obtiene un reconocido y merecido éxito, y las exposiciones, tanto individuales como colectivas, y los premios, fueron acumulándose en su currículum de artista con ritmo incansable, como el primer premio en la Exposición Internacional de Bellas Artes de Burdeos en 1927, por ejemplo. Varios salones de la III República acogieron sus obras y algunos museos nacionales se apresuraron a conservarlas, como el museo de Nantes, y su entonces muy rigurosa sección de arte contemporáneo.
Según la biógrafa, Laura Claridge, que recientemente publicó su biografía, nació en Moscú, y no en Varsovia como afirmaba la propia Tamara, en 1895, y no en 1898, como citan la mayoría de las fuentes, o incluso 1902. Su madre era polaca y su padre un acomodado judío ruso que desapareció de su vida de forma extraña. Estudia en la academia Imperial de Bellas Artes de San Petersburgo, y huye de la Rusia bolchevique acompañada de su marido Lempicki, llegando a París en 1923. El matrimonio tiene una hija – Kizette-.
Kizette on the balcony, 1927 (Centre Georges Pompidou)
Separados en 1928, la artista seguirá conservando el nombre de su marido. En Suiza, se casó con el húngaro Barón Raoul Kuffner – de ahí el título de baronesa- , adinerado y muy conocido en la aristocracia cosmopolita de ambos lados del Atlántico. Con él vivió en un palacete de tres plantas en la rue Méchain, al lado del Observatoire, en un edificio diseñado junto con el mobiliario, por el arquitecto cubista Mallet- Stevens, de concepción tan sorprendente y avanzada que dieron mucho que hablar por aquel entonces.
Foto Studio
Sus fiestas fueron punto de reunión de aristócratas, embajadores, financieros, artistas y personalidades que visitaban la ciudad.
La belleza y la sofisticada elegancia con la que siempre vistió, así como su enorme poder de seducción, y su fama de artista, eran el eje de un vasto y móvil cenáculo, y provocó grandes pasiones en personajes de renombre, como en el escritor futurista y activista político del partido fascista italiano, Filippo Marinetti.
Pero sin duda alguna su episodio más conocido, fue su huida de La Vittoriale en 1927, el palacio y ciudadela monumental en Lago Gardone, - antigua propiedad de la familia Wagner-, donde el poeta, dramaturgo y militar, Gabriele d’Annunzio, intentó seducirla con sus más experimentadas técnicas, hospedándola en la habitación de Leda, la alcoba de la que ninguna mujer había salido incólume hasta entonces.
Esta sala estaba repleta de porcelanas chinas, filigranas de oro, pieles de animales salvajes y alfombras orientales, impregnada por un perfume intenso que desprendían unos pebeteros, destacaba en el centro, el gran lecho, lleno de almohadones. El escritor la había invitado con la idea de que le hiciera un retrato, pero contrario a posar, d’Annunzio se dedicó inmediatamente a cortejarla. Intentó provocar en ella el reflejo de su vanidad, echando a sus pies vestidos y adornos más o menos lujosos, incluso hizo que el acorazado Puglia disparase salvas en honor de la Lempicka.
No sirvió de nada, Tamara no cedía, y tras varios días de acecho, y con varios escritos que no recibieron respuesta, una noche irrumpió desesperado en la exótica y recargada habitación de Leda, mientras su invitada dormía. Ella no tuvo tiempo de reaccionar y según cuenta Foschini, que entrevistó a la Lempicka en Capri, “Gabriele se convirtió en un huracán de palabras”, y sus caricias y súplicas no lograron resultado alguno. Tamara huyó del Vittoriale dejando a un d’Annunzio trastornado por los sentidos, lamentándose de su vejez y hundido en el fracaso, concluyendo así el encuentro, o mejor, enfrentamiento entre la artista y el poeta.
Foto Vittoriale Burial
Cuando a partir de 1939 deciden afincarse en los EEUU, la pareja no dejará de llamar la atención. Y además de dedicarse a viajar entre Nueva York y Chicago, Santa Fé y las Montañas Rocosas, donde al igual que en Beberly Hills, tenían un “refugio”, que había pertenecido al cineasta, King Vidor, sus “soirées” en este último lugar adquirieron un gran prestigio, y en el estudio de la artista, o como invitados a sus colosales fiestas, era frecuente la presencia de nombres como Annabella y Tyrone Power, Dolores del Río, Gloria Swanson, Mary Pickford, Charles Boyer, Vicky Braum y Juan Romero, Luigi Filiasi y Theda Bara, Conchita Pignatelli y Lorna Hearst, el barón de Rothschild, e incluso la Garbo o la Dietrich.
Lempicka sigue pintando, exponiendo, y cometiendo excentricidades…, pero cualquier rastro queda difuminado, y a pesar de estar muy cercana a la American Scene, cada vez es más conocida y aplaudida como Baronesa Kuffner que como Tamara de Lempicka. Era una mujer muy bella, de eso no hay duda, d’Annunzio la llamó “la mujer de oro”, los periodistas se extasiaban al verla, y les asombraban sobre todo sus manos, de “lenta gesticulación”, y que según Vittorio Foschini, daban la impresión de que “acariciaban siempre”, pero también su pelo y su lujoso guardarropa.
Todos se maravillaban con su alta figura, suave y armoniosa en sus movimientos, con su rostro iluminado por dos grandes ojos de mirada perdida y algo artificiales, con la boca dispuesta a la sonrisa y unos labios pintados con los más raros “rouges” de París. Pero todo esto no debe ocultar una personalidad ágil, inteligente e inquieta, que le indujo a tomar contacto con lo “nuevo” que entonces nacía en París.
Desde su llegada a Francia se preocupó por perfeccionar su técnica pictórica. De su primer maestro, el metódico e intransigente Maurice Denis, angelical y diabólico al mismo tiempo, predicador del Neotradicionalismo parisino, y con quien estuvo poco tiempo, la Lempicka aprendió a simplificar las formas y a utilizar el color.
Pero mucho más decisiva fue la influencia de su segundo profesor, André Lhote, pionero del cubismo sintético, concibe el cuadro como una rigurosa combinación de planos y colores, y al igual que todos los Neo-cubistas, la geometrización pierde virulencia y el fin perseguido tiene un claro valor decorativo. A estas ideas que transmitió a Tamara, Lhote añadió otra: le enseñó a apreciar el clasicismo de Ingres destacando el alto valor de sus desnudos.
Les Rythmes
En su obra, escasa y bastante desconocida, la síntesis de cubismo, clasicismo y realismo no pierde el carácter decorativo propio de la época, pero supera el estereotipo de Art Decó con el que habitualmente se la identifica. La pintura de Tamara, cuya obra en esencia la componen retratos y desnudos, tiene un encanto sumamente personal. Las formas y los fondos se convierten en perfectos análisis geométricos y verdaderos estudios cubistas del color, y emana un atractivo perfume a vicio y alta sociedad.
Retrato de Madame Boucard, 1928
Aunque también pintó algunas obras de carácter seudo-religioso, en una especie de ejercicio de hedonismo ateo de élite. Aseguraba Oscar Wilde, que las cosas sagradas son las únicas que merece la pena profanar. Respecto a sus retratos, nos hallamos ante una especie de galería de la alta burguesía, y en ciertos casos, de la aristocracia del periodo de entreguerras, en absoluto indiferente a las sugerencias de la publicidad y de las exquisiteces y vanidades de la época, que a simple vista pueden parecer demasiado racionales y fríos.
Pero si los observamos atentamente, cada rostro habla con fuerza propia y define una personalidad: junto a una hábil técnica y un acabado impecable coexiste una profunda valoración de la psicología del modelo que en ocasiones nos recuerdan a la Nueva Objetividad Alemana de George Grosz, Otto Dix, y sobre todo, Christian Schad, claro está, perdiendo toda agresividad social.
Claros ejemplos son, entre otros, “El Retrato del Gran Duque Gabriel”, de uniforme rojo, que con una mirada espectral, refleja la muerte de la nobleza rusa. “El Retrato de la duquesa de La Salle”, una atrevida y dominadora lesbiana vestida con traje negro de amazona andrógina, (no en vano, en esos años, en los círculos distinguidos y sin prejuicios, llamaban amazonas a las lesbianas), mira fijamente y ostenta humores indudablemente malignos, sabiendo que es la reina de las noches de sexo y cocaína.
O el “Retrato de un hombre con gabán”, primer marido de Tamara, Tadeusz Lempicki, hombre dolorido que mira con seriedad, con un abrigo negro, sombreo de copa en la mano y un foulard blanco al cuello, y que protestaba durante los primeros años de vida común en París, sabiéndose traicionado por las continuas infidelidades de su mujer, que lo ponía en evidencia pintando a sus amantes. El retrato está inacabado.
Retrato del Gran Duque Gabriel, 1926
Retrato de Tadeusz Lempicki, 1928
Retrato de la duquesa de La Salle, 1925
En los desnudos, que hay en gran número, de nuevo aparece la sorpresa, y tras una aparente rigidez, con posturas que en ocasiones semejan estatuas, sorprende la cerebral e inmediata corporeidad de los personajes representados, así surgen cuerpos que rozan lo tangible, absolutamente carnales, y la voluptuosidad adquiere tal clímax, que lo sensual se torna sexual, provocativo y casi escandaloso.
Gigantescas mujeres con marcado valor sexual. Ejemplos notables de esta reducción a la carnalidad son sin duda, “La Belle Rafaela”, “Femmes au bain”, “La Dormeuse”, o quizás, la más perturbadora de todas, “4 desnudos”, donde 4 mujeres gimen y se retuercen llevadas por la voluptuosidad, y donde podemos reconocer a Nana de Herrera. También se podría afirmar, si las modelos no holgazanearan, y se diría que vigiladas por ojos impúdicos, que sufren algún tipo de abuso, como la sometida “Andrómeda”, o la joven de “L’ Heure Bleue”.
Femmes au bain, 1929
La Dormeuse, 1923
L’Heure bleue, 1931
4 desnudos, 1925
La ignorancia de los acontecimientos de la vida de la artista, y la carencia de análisis profundos sobre su obra, son una prueba más de la bárbara iconoclasta, a la que se vieron sometidos durante casi medio siglo, todos aquellos artistas que no quisieron formar parte de las vanguardias de la Escuela de París, y que se vieron por ello privados de su legitimidad y con el paso de los años, olvidados y desterrados de la historia de la pintura internacional, al igual que no se sabe cuantos impertérritos figurativos, entre los que también estaban, Balthus, Alexander Deineka, Anton Räderscheidt, Edward Hopper, Paul Delvaux, Raphael Soyer o Alberto Martini, junto con todas aquellas cosas, hechos y personas acusados de apostasía.
La Belle Rafaela
Retrato del Marqués de Sommi, 1925
Andrómeda (Schiava) 1929
Retrato del Marqués d’Affitto, 1925
En 1986 Madonna muestra en uno de sus videos, “Open your heart”, del polémico realizador francés, Jean-Baptiste Mondito, las primeras imágenes de algunos de sus cuadros, un collage con las siluetas recortadas de la impresionante Andrómeda y La Belle Rafaela a modo de fachada del decadente antro donde actúa, o como algunos de los rostros masculinos también recortados para la ocasión, y que la observan mientras baila, y entre los que podemos distinguir el Retrato del Marqués de Sommi, el del Marqués d’Affitto, o el rostro del Gran Duque Gabriel.
Fotogramas del video “Open Your Heart”:
Cuadros originales que aparecen en el video (por orden): La Belle Rafaela, retrato del Gran Duque Gabriel, Andrómeda, retrato del Marqués de Sommi y retrato del Marqués d’Affitto.
Al año siguiente, en 1987, y en su gira mundial, Who’s that girl tour, utiliza como introducción al concierto las imágenes de los cuadros, The Musician y Andrómeda.
Fotogramas del “Who’s That Girl Tour”, correspondientes a la introducción:
Cuadros originales que aparecen (por orden): Andrómeda y The Musician.
Ya en 1990, y en otro de sus clásicos, Vogue, aparecen de nuevo varios cuadros de la Lempicka al comienzo del video, apoyados en caballetes. Volvemos a encontrarnos en primer lugar con The Musician, y con La Belle Rafaela en un segundo plano, también con un fugaz plano del torso de Andrómeda, y por último, con el Retrato de Nana de Herrera, bailarina andaluza, alegoría de la telúrica sensualidad española.
Fotogramas del video “Vogue” (el cuadro “La Belle Rafaela” aparece volcado, por ello la segunda imagen de los fotogramas aparece volcada, para apreciar mejor el cuadro):
Cuadros originales que aparecen en el video (por orden): Andrómeda, La Belle Rafaela, The musician y Nana de Herrera
Por último, ese mismo año, en su controvertida y polémica gira mundial denominada, Blond Ambition Tour, Madonna vuelve a utilizar imágenes de sus cuadros a modo de una especie de enorme collage, esta vez como fondo del escenario, con algunos de sus desnudos, simulando una gran orgía, mientras interpreta precisamente el tema, Vogue. Se distinguen claramente cuadros como Adán y Eva, Dos amigas, o de nuevo la figura de Andrómeda.
Fotogramas del “Blond Ambition Tour”, correspondientes al tema “Vogue”. Pinchad en los fotogramas para ampliar la imagen, ya que el fondo es bastante oscuro:
Algunos de los cuadros originales que aparecen en el collage (por orden): Andrómeda, Adán y Eva y Dos Amigas.
Quizá un pequeño guiño a los años de excesos de la pintora en París, donde se dice que después de sus numerosas juergas privadas, donde corría la droga, y tras visitar luego garitos a la orilla del Sena, donde participaba en orgías colectivas, Tamara volvía a casa, y entre las brumas de la cocaína y del recuerdo del sexo furtivo con desconocidos de ambos sexos, pintaba sus lienzos hasta caer rendida a primeras horas de la mañana.
The Musician, 1929
Deux Amies, 1930
Retrato de Nana de Herrera, 1929
Adán y Eva, 1931
Era una mujer libre, independiente, contradictoria y transgresora, prototipo durante aquella época de la mujer moderna, y aunque la rica sociedad americana, o los porteros del Ritz de París y del Grand Hotel de Montecarlo la llamaban Baronesa Kuffner, apellido de su segundo marido, en su juventud fue la bellísima pintora Tamara de Lempicka, de sexualidad desbordante, y de la que todavía hoy en día se conoce relativamente poco, aparte de los documentos de su célebre belleza y elegancia imcomparables, de los cotilleos que la acompañaron sin cesar por Europa y América, y de sus magníficos óleos de los años 20 y 30.
Una figura cultural de perfiles imprecisos, una vida que podría calificarse de frívola, aunque ello esconda, sin duda, una callada envidia, cuya obra ha sido rescatada del olvido y ha sido expuesta de nuevo a la atención general, y que se he revalorizado con los años hasta alcanzar los 2 millones de dólares la subasta de uno de sus cuadros a mediados de los 90. El resto sigue siendo laberinto, reflejo, murmullo, leyenda.
(Si pinchas en algunas imágenes de esta página, verás que contienen links a versiones de más calidad de la propia imagen)
Galeria adicional de cuadros de Tamara Lempicka
Ametista, 1946
Dama in blu, 1939 (Nueva York, Museo Metropolitano)
Dormeuse, 1934
Dottor Boucard, 1928
Femme a la colombe
Jeune fille a la fenetre
La convalescente, 1930
La dormeuse
Le chapeau de Paille (The straw hat) 1930
Les arums, 1941
Retrato Arlette Boucard, con calas 1930
Mere et enfant (Maternite), 1928
Nudo con voilé, 1931 (Nueva york, galería Bruce R. Lewin)
Paisaje surrealista
Retrato de Madame P.
Printemps
Ragazza in verde (Girl with gloves), 1929 (Paris, Centro Georges Pompidou)
Retrato Madame Allan Bott, 1930
Retrato Marjorie Ferry, 1932
Saint-Moritz, 1929 (Orléans, Museo de bellas artes)